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El vudú de Macbeth
Tal vez no sea tan popular como Hamlet, tal vez no sea tan desgarradora como el Rey Lear, pero nada le falta a Macbeth: hay traición, conspiraciones, regicidio, monólogos existencialistas, amores enfermizos, huidas milagrosas, combates y camuflajes, brujas y maldiciones, alucinaciones y remordimientos, sonambulismo e insomnio, golpes macabros a la medianoche y un par de bromas de mal gusto, por no hablar de su poesía y de un par de exageraciones francamente absurdas. Sin embargo, hay más: a diferencia de cualquiera de las grandes tragedias de Shakespeare, la historia de su puesta en escena encierra una leyenda macabra.
Cualquier persona familiarizada con Macbeth se acuerda de la primera escena y la aparición de las brujas, personajes decisivos en la obra. Se piensa que Shakespeare plagió los conjuros de profesionales en la materia, pero nada se puede confirmar. Aunque el rey escocés Jacobo Estuardo fue autor de una obra sobre demonología, Macbeth no rodó con suerte en la corte. Cuando se incendió el teatro “The Globe” en 1613 tanto la escenografía de la obra como los disfraces desaparecieron. Muerto Shakespeare, Macbeth entró al olvido hasta 1703 cuando fue llevada a las tablas, en el momento preciso en que Inglaterra fue azotada por una de las peores tormentas de su historia. No faltó quien culpara a las brujas. En New York, durante la temporada de 1849, hubo una estampida en la entrada que cobró la muerte de veinte personas. Cuando Laurence Olivier filmó Macbeth en 1937 casi muere aplastado por uno de los pesos del teatro que cayó a su lado. La mejor historia, sin embargo, ocurrió un año atrás. Se trata de “vudú Macbeth”.
Desde el principio la intensión de Orson Welles era llevar Shakespeare al gran público, más allá de las interpretaciones acartonadas y convencionales. Con tan solo 21 años y ya la estrella capital de la radio, Welles decidió montar Macbeth con una particularidad: en lugar de Escocia, la pieza se desarrollaría en Haití. Tampoco habría un actor blanco en escena. Las escenas de brujería involucrarían el vudú. Harlem sintió la revolución de la obra que estaba por venir. Los actores presentaron las audiciones. Comenzó a desarrollarse la escenografía. Se sospechaba que la pieza sería burlesca, que sería una oportunidad más de contrariar a la comunidad afroamericana. Welles quedó maravillado por la manera en que los actores leían los grandes monólogos. Prefirió su estilo y lo respetó. Ensayaron de manera constante noche a noche. Welles sufrió un atentado, pero el actor que interpretaba a Banquo, Canada Lee, lo salvó.
Cuando llegó el día del estreno la calle del Teatro Lafayette en Harlem estaba a reventar. Años después Welles dirá que fue uno de los momentos triunfales de su vida. Las personas aplaudieron una y otra vez e incluso subieron a felicitar a los actores sobre la escena. No hubo burla alguna. La crítica en la prensa se unió al entusiasmo del público, excepto el crítico conservador Percy Hammond, que no ahorró insultos. Cuando el reparto los leyó hubo una reacción inesperada.
Una de los percusionistas de la obra construyó un muñeco de vudú del crítico. En medio de una celebración, que ya llegaba a la borrachera, le dijo a Orson si estaba de acuerdo en practicarle hechicería. Solo había una condición, el joven director debía aceptar el peso de esa muerte sobre sus hombros. Incrédulo, Welles aceptó entre risas, mientras comía galletas. Ya con vía libre, los practicantes del vudú comenzaron a redoblar el tambor. La escena resultaba entre divertida y extraña. Unos días después, cuando se había olvidado el episodio, Percy Hammond murió de pulmonía.
Un comentario
wow… al estilo poltergeist