El filósofo y el fantasma

Dentro de los caminos para comprender la filosofía de Schopenhauer ninguno resulta más curioso que los fenómenos paranormales. En el ámbito académico de nuestra época el desprecio es la respuesta común, pero cuando Mesmer viajó por las cortes de Europa varios intelectuales consideraron al magnetismo como la verdadera piedra filosofal. Las leyes de la física tradicional, concluyeron, apenas estudiaban una parte de la historia; las excepciones exigían una perspectiva particular. Schopenhauer las estudió con detalle y escribió ensayos sobre el mesmerismo, el sonambulismo y la videncia. Quizá las facultades curativas y adivinatorias mostraban que el tiempo y el espacio no eran pilares herméticos, sino las formas que tejen la ilusión del mundo.
Si hubo un interés experimental fue tan tímido que los biógrafos lo pasaron por alto.
 
La historia que registra la carta Plinio “el joven” (VII, 27) es distinta. Un fantasma se encarnizó con una casa ateniense de tal manera que por miedo a fallecer de terror e insomnio sus habitantes la abandonaron. El inmueble entró al mercado a precio rebajado y, cuando el filósofo Atenedoro supo de su secreto, no demoró la mudanza. El fantasma apareció. El filósofo no levantó la cabeza de su estudio. El ruido aumentó, pero la concentración formó una barrera natural. Aburrido frente el estruendo que producía encima de su cabeza, no hubo remedio sino levantar la cabeza e intercambiar miradas con el espectro. La criatura dio a entender que era preciso seguirlo. Cuando llegaron a un lugar particular del patio se desvaneció. El filósofo intuyó que debajo se escondía el misterio. En la mañana ordenó que excavaran y entre la tierra hallaron un cuerpo en descomposición, casi esquelético, envuelto en cadenas. El Estado se encargó del entierro con los ritos funerarios. Desde entonces el fantasma no volvió.
 

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