La educación, la IA, los medios y los fines

Cuando Stephen Hawking sentenció que la filosofía había muerto, pensó más en las capacidades de la ciencia y menos en los cambios a nuestro alrededor. Los entusiastas de la productividad quizá consideren una tontería desempolvar las preguntas de antaño, pero cuando se trata de los propósitos las viejas respuestas importan tanto como la manera de reflexionar: qué herramientas necesitamos, cuáles fines han quedado rezagados y cuáles vale la pena perseguir son preguntas que no aceptan improvisación. El método científico constituye el mayor triunfo al momento de pensar en los medios. La discusión sobre los fines, esa que pregunta por la justificación de nuestros pasos, necesita una meditación de diferente orden. Y en este momento debemos discutir un tema urgente: ¿han cambiado hoy los fines de la educación?

Porque la IA se tomó la cotidianidad por asalto. Los profesores ahora se encuentran con textos con una redacción extrañamente formal. Aparecen dibujos, acuarelas, lienzos, fotografías, videos, basta unas cuantas indicaciones para producir una pieza que supere e incluso simule la factura de un profesional. En esta nueva realidad la educación tendría que esmerarse en usar con lucidez esta herramienta. ¿Quiénes estarán en la delantera? ¿Cuáles serán las profesiones relevadas? ¿Qué tanto debemos empeñarnos en la educación del pasado? ¿Resulta oportuno transformarla para el futuro?

La aparición de una nueva tecnología causa un frenesí de expectativas y temores a lo largo y ancho de la sociedad. Con el ánimo de estar en la vanguardia aparece el afán de llevarlas a las viejas disciplinas como si cualquier tardanza fuera pecado. La dictadura del cambio hace de las suyas. La sola sospecha de que sus rivales se adelanten causa insomnio en las juntas directivas. El rigor de los ingenieros está preparado para recibir el banderazo de salida con la meta de integrar las nuevas tecnologías, nada más. En medio de esta inercia se pierden de vista varias consideraciones e incluso interrogantes fundamentales. El primero parece una broma. Existen tecnologías que alcanzaron ya su manifestación más plena. Ruego al lector que escoja un ejemplo… Yo brindo el mío: la cuchara. Demos otro: el libro. Podrán cambiar diseños, estilos, materiales, pero mientras prevalezca la forma de estas herramientas se ayuda al fin, ya fuera la sopa del almuerzo, ya fuera comprender a Plinio “el viejo”.

La segunda consideración es la siguiente. Cuando dejamos a un lado la meditación sobre los fines corremos el riesgo de promover cambios que en lugar de contribuir estropean camino. Si existe un tema que precisa la coordinación entre los pasos y los objetivos esa es la pregunta por la educación. La cuestión radica en si el surgimiento de la nueva tecnología modificará en mayor o menor medida sus fines, aquí está el debate. Todavía hoy resulta fundamental que los niños sepan sumar y restar, leer y escribir, y aunque hoy gozamos de una tecnología que recibe dictados y termina una raíz cuadrada en fracciones de segundo, necesitamos que sea la persona quien desarrolle esas capacidades. Y a riesgo de parecer reaccionario añadiría que para este fin las invenciones primordiales ya están: lápiz, borrador y papel.

Pero la educación no se trata solamente de las habilidades técnicas y manuales, sabemos que los tiempos viven al compás del cambio y los cambios han descubierto diferentes escenarios que precisan otras destrezas. Resulta oportuno que la educación mire al futuro y brinde las herramientas para una realidad que vive en transformación, pero ¿no sería injusto que solo mirase al futuro?

Durante la antigua Grecia y el Renacimiento fue claro que más allá de las técnicas en boga, más allá de las dinámicas propias del oficio, el individuo necesitaba emprender una formación intelectual y artística toda vez que fuera preciso conocerse a sí mismo. Hoy la IA puede resumir la Ilíada y escribir comentarios históricos. Hoy la IA puede escribir un ensayo sobre la ira de Aquiles a la luz de las observaciones de Séneca, hoy incluso es capaz de calificar ese ensayo a partir del criterio académico. Todo esto es posible, pero importa poco. Los fines que se buscaron en ese pasado fueron ponderados a la luz de los ideales, al abrigo de una excelencia y una capacidad. Necesitamos que la persona realice estos ejercicios por su cuenta, que atreviese esas dificultades, que tome esos riesgos, que alcance esta competencia, que llegue a la orilla de ese escrito. Era fundamental el estudio de esas obras, su recuerdo, su análisis, su diálogo. La sombra de los clásicos no dará sosiego a la calefacción de los procesadores, pero para las personas estos libros brindan una oportunidad para desarrollar la introspección, comprender las dinámicas de nuestras emociones y reconocer las encrucijadas tanto de sí mismo como de la sociedad. En este campo el producto final es importante solo cuando es el fruto de un proceso subjetivo. De nada sirve que la máquina cumpla como cumplen las calculadoras. Tal vez olvidemos la trama de la Odisea después de leerla, como dijo la maestra Jacqueline de Romilly, pero no se nos olvidará el valor que puede tener una persona.  Y esto ocurre en el esfuerzo del camino, no en la cristalización inmediata del fin.

Pero demos un giro de tuerca. Quizá el momento de la alta cultura como el ideal de una sociedad ya pasó. Los lectores capaces de abrirse paso en La montaña mágica están en vía de extinción. Ruego al lector que revise las estadísticas al respecto. La tecnología mediática ha dado pasos profundos y ha conseguido sus triunfos más extraordinarios en las últimas décadas. No se trata de establecer un juicio de valoración entre qué es mejor, simplemente el cambio se dio. Ahora bien, ¿no podríamos delegar el conocimiento de sí a los algoritmos y a la IA? ¿Por qué no? El camino del pasado, que se empeñaba en que fuera el individuo quien entrara a sus profundidades, resultaba en exceso difícil, ahora, cuando la atención parece secuestrada por los dispositivos móviles, está bloqueado para la gran mayoría. ¿Y si también le entregamos esas riendas a los procesadores? ¿Estamos dispuestos a aceptar que son ellos y no nosotros quienes mejor nos puedan conocer? Porque si pasamos más de siete horas a su lado y se registra en sus bases de datos el más mínimo movimiento del cursor, entonces ellos saben qué queremos, cuándo lo queremos, cuál día de la semana, con cuánta frecuencia al mes, antes cuáles anuncios, todo. La trazabilidad de los algoritmos brinda las coordenadas más completas de qué y por qué pasa determinada emoción y pensamiento en nuestro interior. Y mientras más pasemos inmersos en esas redes, más exacto será ese dictamen. Lo que el pasado consideró un fin necesario para la educación, hoy puede ser posible a través de la filigrana de la huella digital. No deja de ser paradójico, eso sí, que la última palabra sobre quienes somos la pueda tener un procesador. Pero, si estamos entregando todo… ¿qué nos detendrá para entregar más? Y, si lo hacemos, ¿qué perdemos?

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