Las verdaderas preocupaciones del astrólogo

Para quien entiende sobre la procedencia de la materia obscura o las aparentes señales de los cometas interestelares es claro que estamos lejos de resolver estos temas. Cualquiera podría pensar que la falta de certezas sobre este asunto da carta blanca a las ensoñaciones del ayer, pero estaría equivocado: que no resolvamos la cosmología de principio a fin en la época del telescopio James Webb, no quiere decir que la miopía del hombre de las cavernas fuera por buen camino. Estamos empeñados en medir milimétricamente un universo quizá infinito. La tarea es imposible y fascinante, pero lamento informar que cualquier avance o retroceso en este dominio perturba poco el oficio del astrólogo.

Quizá no se trata de señalar las galaxias en forma de espiral, sino de comprender este extraordinario escenario como símbolo. Exacto. De la misma manera que la pregunta por la identidad de un ser humano no busca el tipo de sangre o la cantidad de colesterol, sino explicar qué piensa, siente y quiere determinada persona en particular. El asunto es diferente. Y las estrellas y los planetas encierran símbolos. No sabemos con exactitud el momento en que los descubrimos, pero allí están: las constelaciones fueron nuestra mejor representación de la permanencia, tan solo debíamos descifrar el firmamento para encontrar el norte en el desierto o el sur en el mar. Símbolos. Pero hicimos trampa: si la encontramos en una buena disposición, la persona nos dice quién es; el carrusel de planetas, por el contrario, guarda silencio, nosotros somos los responsables de su significado. La etiqueta de sabiduría de Júpiter es humana, demasiado humana, como las demás etiquetas. Y el propio Júpiter tiene tantas en diferentes culturas que ignoramos si tiene sentido escoger. Esta ambigüedad está más próxima del astrólogo, pero tampoco lo desvela hoy. ¿Por qué tendría que hacerlo?

Porque su oficio es terreno, sus temas parecen conectados con las constelaciones y los planetas, pero sus clientes son de carne y hueso. Se trata de componer los textos bajo las indicaciones del taumaturgo: escribir párrafos enteros sobre Aries y Cáncer sin decir nada en concreto. Hablar de las energías, las esencias, los cuantos, el aura. En últimas el éxito es un texto hecho de humo desde la primera hasta la última frase. Semejante estafa está siempre en la mira de los filósofos analíticos, pero como ellos no están en la mira de nadie esto no importa. Los esfuerzos por este estilo tendrían que afectar a nuestro astrólogo, la realidad, sin embargo, es diferente. Ese trabajo ya se hizo. A él no le importa la decadencia de las estrellas o que Marte aparezca al caer la tarde, tampoco la hermeneútica egipcia ni historia de Babilonia, tan solo intercambia las predicciones de Géminis a Capricornio según el mes. Además, existe un absurdo adicional que lo protege: no falta el entusiasta de la astrología que admira a la vez la obra de Carl Sagan. Su preocupación es diferente.

Porque la verdadera preocupación del astrólogo es que la humildad asalte al narcisista y lo desnude ante un espejo, que les quite los teléfonos, las cuentas, el reconocimiento y lo obligue a memorizar que la Tierra está en promedio a más de 600.000.000 de km de Júpiter, distancia suficiente para que concluya que el pobre, hecho de azufre, metano y amoniaco, con 97 satélites naturales y provisto del volcán más poderoso del sistema solar, es inocente de su divorcio. Ese es el temor, que la humildad los obligue a concluir que la carta astral de la sexagésima termita de cierta colonia es tan ridícula como la suya, el sexagésimo humano del 407. Si la humildad ataca, el astrólogo estará perdido. Las conclusiones de la ciencia entrarán sin tropiezos. Si la soberbia reina, siempre lo querrán escuchar. El hambre del narciso no discrimina: se alimenta casi siempre de humo. Voltaire pensó que el reino de la razón disiparía la superstición más burda. Erró. Dentro de la variedad, existe un narcisismo zodiacal que defiende con los dientes la conjura de la mecánica celeste como la responsable de sus más ínfimos caprichos. Así de importantes son. Así de importante es él. Si la humildad ataca, ¡Quién sabe qué ocurriría! Por qué no soñar…

 

 

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