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El tema de la felicidad, la tranquilidad, el bien supremo y la reflexión sobre el arte de vivir ha sido una constante en las diferentes tradiciones del pensamiento. Aquí hablaremos sobre un puñado de autores que han contribuido de manera decisiva a estos temas, pero el propósito no es un recuento histórico, sino un diálogo[1]. Pienso que esta es una de las grandes herencias de la tradición. Establezcamos entre estos autores y estas ideas un diálogo con nuestra vida y nuestras circunstancias.
Fueron muchos los filósofos que después de numerosos esfuerzos consideraron que habían encontrado la llave maestra para todas las preguntas, ya fuera Descartes, Spinoza o Schopenhauer. El sueño de una teoría que explicara cada uno de los elementos de la realidad ha sido una constante en la filosofía occidental. Con el paso de los siglos, y con la creciente complejidad del conocimiento y las ciencias, este sueño se fue deshaciendo. Sobre el arte de vivir y el tema de la felicidad también hubo —y todavía persiste— la tendencia de pensar que existe un gran camino, una perspectiva capaz de resolver la mayoría de los dilemas que debemos enfrentar. La complejidad humana siempre ha visto estos intentos con recelo. Tal vez, en una misma vida, sean pertinentes las recomendaciones de los estoicos o de sus rivales los epicúreos. Tal vez no haya un único camino.
Necesitamos un diálogo alrededor de estos temas porque de esa manera podemos articular las sabidurías del pasado con nuestras propias circunstancias. La lectura crítica de la academia brinda un análisis sobre los significados e implicaciones de ciertas posturas. La lectura de este libro propone un rumbo distinto. Y la forma de explicarlo es hablar un rato de uno de mis pensadores favoritos, el extraordinario William James, lo presento como si fuera una suerte de mago o el jugador virtuoso de baloncesto, pero no tengo remedio.
La palabra “pragmatismo” ha pasado al lenguaje coloquial como sinónimo de “práctico”. A pesar de los esfuerzos que muchos académicos han hecho al respecto, pareciera que una vez el término quedó sepultado así en el diccionario, ya no hay remedio. William James es uno de los representantes de esta escuela y en una serie de conferencias tituladas “Pragmatismo”, no sólo nos muestra su significado, sino que brinda un rumbo particular al hacer filosófico.
Seguramente, usted recuerda en sus clases del colegio cuando el maestro anotaba la etimología de la palabra “filosofía”, por un lado esta philos, que significa en términos generales “amor” y, por otro, esta Sophia, que significa “sabiduría”. Son varios los intelectuales que consideran la etimología como la clave primordial de su significado. Conviene decir que la etimología es un momento más de los distintos significados que la palabra va adquiriendo. Hoy se habla de la filosofía de Platón, pero también de la filosofía de la empresa o de un equipo de fútbol. La palabra se escapa de su mismo origen y, a medida que pasan los años va adquiriendo otros significados, como la expresión “pragmatismo”. Más allá de estas consideraciones hay algo hermoso en la etimología de “filosofía”: se busca aquello que se ama; hay un componente dinámico. Y esto es importante cuando hablamos del pragmatismo y de William James.
Porque James reconoció que la edad de las grandes teorías que buscaban resolver las cuestiones primordiales estaba desapareciendo. La ciencia del siglo XVIII y del XIX no sólo reveló la creciente complejidad del mundo, sino que señaló decenas de caminos que era oportuno investigar. El modelo de una teoría que había respondido cada una de sus preguntas encontró detractores. La serie de elementos químicos que se vislumbraron en el siglo XVIII aumentó de una manera asombrosa. Las ideas de Darwin remataron una larga discusión en torno a la aparición de la vida. Nietzsche puso en entredicho las ideas sobre la moralidad. Los historiadores revelaron un pasado todavía más profundo. En los telescopios aparecieron nuevos pasajeros en nuestro sistema solar. Aguardar una teoría que resolviera todo se volvió ingenuidad. El pensamiento y la exploración seguirían abriendo caminos y quién sabe cuántas otras verdades de ayer caerían a su paso. Para varios intelectuales la añoranza de que hubiera una última palabra se estimó falaz.
Era preciso una perspectiva distinta, no tanto una nueva teoría que anunciara con bombos y platillos que encontró la última verdad, sino que siguiera el dinamismo propio de las ciencias. Era preciso una perspectiva que integrara las otras perspectivas. Y esta es la clave del pragmatismo. Las teorías no son tanto la última palabra ni la descripción exacta de cada una de las circunstancias, para el pragmatista son herramientas que nos permiten adaptarnos. Ahora bien, ¿cuál es la lectura que propone este libro?
Una lectura de corte pragmatista. Delante de nosotros tendremos algunas de las ideas más lúcidas que la tradición occidental ha concebido sobre la felicidad, pero nuestra vida resulta tan compleja, tan compleja y distintas resultan nuestras circunstancias, que una escuela pareciera una tontería. El diálogo nos ayudará a saber qué podemos aprender de estas corrientes, ya sea del pensamiento de Montaigne o Schopenhauer. Resulta evidente que la vida nos ofrecerá mil y un escenarios; la tradición nos brinda herramientas. Nuestro mejor discernimiento consiste en saber cuáles son las oportunas según nuestra personalidad y el momento[2]. Hoy tendremos mayor afinidad con los estoicos. Mañana las ideas de Russell quizá nos podrán ayudar.
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[1] Como sé que muchos lectores querrán profundizar en estos temas, en la bibliografía encontrarán una serie de recomendaciones.
[2] En el capítulo dedicado a la santidad, en La variedad de la experiencia religiosa de William James leemos: “El alma individual, resumiendo, como cualquier máquina u organismo individuales, posee sus mejores condiciones de eficiencia; una determinada máquina funcionará mejor con cierta presión de vapor, un amperaje determinado; un organismo vivo lo hará con cierta dieta, peso o ejercicio. Parece que está mejor, le dice el médico al paciente, con una presión arterial de 140 milímetros. Y ocurre lo mismo con nuestras diferentes almas; algunas se sienten más felices con el buen tiempo, otras precisan la sensación de tensión, de voluntad tensa para sentirse bien y activas”.