Cuatro millones de momias

Hace unos años, cerca de la pirámide de Saqqara, los arqueólogos hicieron uno de los descubrimientos más desconcertantes de la cultura clásica egipcia. No involucraba ni el misterio de las pirámides ni las riquezas de las tumbas de los faraones, sino de un complejo de momias enorme, pero momias de un tipo muy especial.

El trabajo que tomaba preservar el cuerpo en la mejor de las condiciones no era sencillo. Se precisaba de un conjunto de ritos especiales, de un cuchillo hecho en obsidiana para elaborar las incisiones, de los talismanes para conservar los órganos del deterioro, de incienso para envolver al cuerpo en la fragancia sagrada. Las vendas se extraían de las prendas que empleaba la persona en vida. Según los descubrimientos del egiptólogo Bob Brier las momias quedaban en ese momento tal cual las vemos ahora. En aquel entonces el oficio de la momificación era fundamental: pero no sólo se trataba de preservar el cuerpo de las personas, sino de preservar el cuerpo de los animales. Sabemos las razones para practicar el primero, pero ¿qué ocurre con los segundos?

Al lado del templo de Sobek encontramos un museo estremecedor: en lugar de los utensilios de siempre y de las esculturas de las deidades, delante nuestro aparecen decenas de cocodrilos momificados con un cuidado extraordinario. Parecieran envueltos en pijamas… en cierto modo lo están. Que se encuentre semejante escenario cerca del templo de Sobek no resulta extraño, después de todo este dios es parte humano, parte cocodrilo. Los devotos debieron pensar que nada mejor que enviarle al dios a uno de los suyos, pero no podía ser un cocodrilo de sus territorios, esta transgresión era considerada tabú: las ofrendas debían provenir de otro lugar.

Así ocurrió en Saqqara. De acuerdo con el egiptólogo Pascal Vernus allá se descubrió una compleja red de criaturas momificadas: gatos, halcones e ibis. Tan sólo de estas últimas se calcula que a lo largo de cuatrocientos años se enterraron aproximadamente cuatro millones de momias. La paradoja es evidente: El dios Thot, cuerpo humano, cabeza de ibis, recibía ofrendas por millares; el pobre pájaro, en cambio, vivía en tranquilidad a lo largo de año, excepto cuando las personas adoraban su forma divina. Este es un misterio más que guarda el culto a los animales en el antiguo Egipto.

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