Curiosidades de la Revolución Francesa

Corre el año 1795. El invierno es aplastante. El reinado del hambre es el único que se mantiene en pie. En las fronteras se libra una guerra sin cuartel contra las monarquías europeas. Las guillotinas están arrumadas después de varios años de uso diligente y continuo. Las tierras de la iglesia lucen taladas y yermas. Los lobos que las habitaban ahora buscan refugio en las ciudades. En tan solo seis años, después de haber visto los días gloriosos de Julio, después de presenciar la declaración de los derechos del hombre, después de la ejecución de Luis XVI, Paris mira a los lobos sueltos por sus calles en medio del miedo, el frío y el hambre. Para todos resulta claro: el mundo se descuadernó.

Muchos libros sobre la Revolución Francesa prefieren elaborar un resumen de los acontecimientos políticos y brindar una breve antología de cuanto sufrió el pueblo. Resulta comprensible. La coyuntura resulta muy compleja por la cantidad de actores y su comportamiento errático. Se opta por establecer una clasificación de los períodos, se resume el escenario en un cuadrilátero de ideas entre reaccionarios y revolucionarios, entre republicanos y monárquicos. Sin embargo, este análisis resulta frio, y si bien consigue la ventaja de situar al lector, carece de la fuerza para transmitir el desconcierto que se vivió en aquel entonces. Cuando se estudian las biografías de los protagonistas o los libros de mayor envergadura, comienzan a aparecer decenas de curiosidades que consiguen transmitir aquello que las clasificaciones son incapaces: el desconcierto, la locura. Los lobos en Paris tan solo es un botón.

En ese mismo año, en 1795, aparece un fenómeno que solo cabe explicar la psiquiatría. En medio de la pobreza y los escombros de la guerra civil surge una nueva moda en Paris: afeitarse el cabello arriba de la nuca, como era mandatorio para los condenados a la guillotina. Las personas bailan en los cementerios. Se celebra la muerte. El nuevo gobierno, que surge como antagonismo frente a los jacobinos, ahora se vale de un puñado de jóvenes, la “Juventud dorada”, para que suprima cualquier oposición. Era fácil reconocerlos: este nuevo ejército vestía solo telas exquisitas y diseños que nadie había visto ni entre los aristócratas, donde se había visto excentricidades de toda clase, ni entre los sans-coulottes, que andaban casi en harapos. En la corte se suspira por Thérésa Tallien, mejor conocida como Madame Termidor: las personas hablan de sus joyas, entre los dirigentes se suspira por sus transparencias, en la calle se murmura sobre su ropa interior.

Cuando la guillotina descabezó al rey Luis XVI, el gremio de las pelucas ya andaba en quiebra. El cliente más famoso que sobrevivía se llamaba Maximilian Robespierre. El “incorruptible” era la figura más prominente del comité de salud pública, que instauró el régimen del terror desde 1793. Como discípulo de Rousseau, Robespierre pensó que cabía moldear a los ciudadanos como si fueran arcilla. Los cambios más abruptos se sucedieron unos a otros. La guillotina trabajaba contra los inconformes. Sin embargo, cuando Robespierre llevó a cabo el festival del ser supremo, la gran mayoría pensó que había ido demasiado lejos. Se contrató a los pintores más ilustres para que elaboraran la decoración. Un coro de niños entonaba cánticos. Había estatuas, símbolos, disfraces y, por supuesto, un apóstol vestido para el momento: el mismo Robespierre. Que la revolución hubiera cambiado las figuras de los reyes en las barajas de naipes, que hubiera nuevas leyes, que hubiera un nuevo calendario, una nueva bandera, un nuevo himno, que el busto de Voltaire descansara en lugar de las estatuas de los santos, pero ¿celebrar un festival al ser supremo? Unas semanas después la cabeza de Robespierre cayó. Por supuesto, por odioso que fuera el festival, no fue la única razón.

Cuando el pueblo de Paris se tomó la bastilla en Julio de 1789 no había sino un puñado de prisioneros; había uno que sufría un problema de identidad: ignoraba si era César o Jesús. Con el paso de los años los artistas representaron la bastilla todavía más portentosa de lo que fue. Era el símbolo indiscutible del autoritarismo. Entre sus huéspedes figuraban grandes personajes como el Marqués de Sade y el mismo Voltaire, pero ninguno tuvo una historia tan célebre como Jean Henri Latude.

Después de urdir un complot contra la amante de Luis XV, Madame de Pompadour, donde él mismo se escondía como criminal y se ofrecía como salvador, Latude fue a dar con sus huesos a la bastilla. Escapó. Cuando quiso congraciarse con la misma Madame lo capturaron de nuevo. En esta oportunidad la huida fue cinematográfica: durante seis meses, junto con un compañero, tejieron una cuerda de casi cien metros. La guardaban junto a las demás herramientas detrás de un ladrillo desprendido de la parroquia. El día esperado subieron por la chimenea de una de las torres y desde la cima empezaron a bajar hasta el foso: allá continuaron la tarea, quitaron los ladrillos de una pared que daba al acueducto y por el orificio que abrieron alcanzaron a salir, con el riesgo de morir ahogados. El escape fue célebre. En tres meses Latude estaba de vuelta.

En esta oportunidad la seguridad de su reclusorio subterráneo era infranqueable. Pero la paciencia y el ingenio que había mostrado volvió a servirle, pero no para escapar. Latude se dedicó a domesticar ratas. Las estudió como cualquier naturalista que caminara con sus instrumentos por las selvas. Con migas de pan como recompensa les enseñó trucos. Construyó una flauta para tocarles. Las bautizó. Fueron durante esos años su “pequeña familia”. Después de casi 35 años de sufrir varias reclusiones en las distintas cárceles, Latude obtuvo la libertad y escribió una obra de inmensa popularidad. Desde entonces y por otros testimonios más, la bastilla era el emblema de la opresión. Cuando cayó muchos guardaron los pedazos de escombros como recuerdos del gran evento, el inicio de una nueva época.

Bibliografía.

  • Tulard, Fayard, Fierro, “Histoire et dictionnaire de la Révolution française”. Editorial Bouquins, 1987. Paris.
  • Schama Simon, “Citizens”. Editorial Alfred Knopf, 1989. New York.
  • McPhee Peter. “La revolución francesa, 1789-1799. Una nueva historia”. Editorial Crítica, 1992. Barcelona.

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