Magallanes y Enrique, la vuelta al globo

Durante siglos el océano Pacífico enseñó a los polinesios la naturaleza de sus costas y la dinámica de sus corrientes, pero cuando Magallanes cruzó el estrecho que lleva su nombre fue la primera vez que una flota europea se asomaba por esas aguas. La empresa resultaba tan insensata que una de las embarcaciones se rebeló del mando. Todo era desconocido. Las estrellas que solían acompañar y orientar a los marinos eran distintas, las corrientes eran una sorpresa y nadie adivinaba la extensión del nuevo océano. El escorbuto y la falta de provisiones diezmaron a la tripulación a lo largo de los casi cien días en altamar. La zozobra parecía irremediable.

Con el ánimo de establecer nuevas rutas para vender esclavos y especias, España y Portugal libraron un desafío que reveló latitudes desconocidas para los geógrafos de la antigüedad. De la mano de las escuelas que abriera Enrique el Navegante, los portugueses se internaron en las costas del África donde las corrientes son tan fuertes que amenazan a cualquier embarcación. Allá encontraron nuevas islas y cabos donde levantaron pilares de piedra, los famosos padrãos, que sirvieron de seña para los futuros exploradores. Por su parte, España recibió noticias excepcionales de Cristóbal Colón. Después de los numerosos viajes y de la intervención de los geógrafos se supo que las costas de Centroamérica no eran las costas de Cipango, de las cuales había tratado “El libro de las maravillas” de Marco Polo, una de las obras que consultó Colón planeando su viaje. La misión que había entrevisto el genovés, llegar al oriente por el occidente, quedó inconclusa. Era comprensible: en el siglo XV nadie imaginó que entre la península ibérica y Japón hubiera un continente en la mitad.

Ahora no sólo se trataba de conocer la forma del nuevo continente sino de encontrar algún pasaje entre sus tierras que comunicara al océano Atlántico con el mar del sur, descubierto por Núñez de Balboa unos años atrás en las costas de Panamá. Delante de su rey, Fernando de Magallanes dejó su larga e intachable experiencia como marino para cumplir esta misión. Quizá por el riesgo o por tener las manos llenas en las costas de África y la India, Manuel I de Portugal rechazó la idea y autorizó a Magallanes para presentar su empresa delante de su rival, Carlos V. España aceptó. Pronto se dieron a la tarea de reclutar una tripulación que ignoraba cuál era el destino final. Magallanes se conformó con las cinco embarcaciones en mal estado que le habían presentado y desde el principio entendió que siendo portugués no la tendría fácil al mando de una tripulación en su mayoría española. Llevaba consigo un mapa lleno de imprecisiones que señalaba un supuesto paso entre los dos mares. Antonio Pigafetta, italiano, llevaría el diario de esta gesta. Sebastián de Elcano era el segundo al mando. Enrique, el esclavo malayo de Magallanes, sería la pieza esencial si alcanzaban el último acto al otro lado del globo. En septiembre de 1519 arrancaron.

Desde el principio las dificultades se apilaron una encima de otra y terminaron por crear una atmósfera irrespirable al interior de las embarcaciones. La falta de provisiones y el escorbuto hicieron de las suyas en la salud de los tripulantes. Las sospechas por la procedencia de Magallanes sembraron una insurrección que lideraría un tal Juan de Cartagena. La falta de certeza sobre el destino no ayudó a la reputación de Magallanes, que delante de los problemas mostró una determinación casi inhumana. Pigafetta anotó los días de asueto que la tripulación vivió en Río y los prodigios que fueron apareciendo mientras las embarcaciones se internaban en lo más profundo de Suramérica: desde los pingüinos, que hicieron parte de la gastronomía, hasta los patagones, que salían espantados después de mirarse en un espejo. Cuando el mapa reveló sus imprecisiones la flota de Magallanes continuó. Cuando llegaron al estrecho una de las embarcaciones desacató el mando del portugués. Las demás cruzaron: en la noche se asomaron las estrellas que ningún marino había visto. Magallanes entró al mar que Núñez de Balboa había visto en Panamá y lo bautizó “Pacífico”. En ese instante el capitán de hierro lloró.

Con la piel deshecha por el escorbuto, hambrientos hasta la locura, con las embarcaciones despedazadas, la flota de Magallanes gritó tierra después de noventa y nueve días en altamar. Pigafetta cuenta las historias de los robos y de los intercambios con los habitantes de las islas. Magallanes había cumplido la locura entrevista por Cristóbal Colón, pero no era sencillo confirmarlo. Ahora era el momento final de la gesta. Su esclavo de Malasia, Enrique, de cuya vida solo nos resta imaginar los pormenores, había salido de estas mismas islas a las que ahora llegaba después de cruzar el globo. A medida que las embarcaciones se internaban en las islas Enrique hablaba en su lengua nativa. De repente su voz encontró una respuesta. Sus palabras eran conocidas. No sabemos en qué momento Enrique salió de su hogar, no sabemos ni siquiera su verdadero nombre ni su familia ni la fecha de nacimiento, es solo una anotación al margen en los anales de la historia, que apareció en una empresa que no conseguimos comprender a cabalidad. Después de miles de kilómetros, después de hablar en un idioma que ningún español ni portugués entendían, encontró una respuesta: la de saber que había regresado a casa después de mil naufragios. No sabemos más de Enrique. Sabemos que ofició de traductor para evangelizar a los filipinos, que no tardaron en aceptar la religión de Cristo.

Magallanes falleció en un enfrentamiento con los nativos en la Isla de Mactán, hacia 1521. De las cuatro embarcaciones solo llegó a España “La Victoria” al mando de Sebastián Elcano en 1522. La voz de Pigafetta, que tanto admiró García Márquez, se fue apagando con los días.

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