Comerse un zoológico

Finalmente, los sueños de Napoleón III estaban cumpliéndose uno detrás de otro. La renovación urbana de París marchaba a pasos agigantados. En el reino de la ciencia los científicos franceses estaban detrás de los últimos descubrimientos. La legitimidad, por la que tanto había peleado el primer Napoleón, ahora estaba sellada con las alianzas y los matrimonios. Sin embargo, llegó la guerra. En la memoria de los veteranos de Prusia todavía resonaba el eco de las humillaciones del pasado. Las tropas francesas estaban diezmadas por la desoladora campaña en México. Cualquier estratega hubiera aprovechado la oportunidad. Y Bismarck la aprovechó.

 

Después de la derrota de Napoleón III en Sedán, las tropas prusianas siguieron su campaña a lo largo del territorio francés. De todos los triunfos, París tendría que ser el mayor. Los prusianos la sitiaron durante más de ciento treinta días. Al tiempo que se libraban las batallas se estaba llevando a cabo una transformación política, el imperio había fallecido y se había proclamado la Tercera República. En la ciudad la situación no tardó en tornarse crítica, algunos decidieron escapar del anillo de hierro prusiano de la única forma posible, en globo. Ante la escasez de carne no hubo remedio sino mirar otras fuentes de proteína, poco convencionales, desde los ratones y los gatos citadinos hasta los habitantes más renombrados del Jardín de las Plantas, donde se encuentra el zoológico de París. Se sirvió fricasé de rata, consomé de elefante, filete de mula (a la portuguesa), avestruz rostizado, antílope con trufas, estofado de canguro, entre otros; se conservan los menús.

Crédito de la imágen: pxhere

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