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Los Yokai y la imaginación japonesa
Dentro de las diferentes virtudes de un artista, dentro de su capacidad expresiva y el manejo de la técnica, la creatividad brilla con un resplandor propio. Quizá se encuentre en un simple cartel al lado de un corredor, quizá se encuentre en la imagen de un pingüino en la tarjeta del metro, en Japón está a la orden del día y se manifiesta en los lugares más insospechados.
Los dioses sintoístas nunca abandonaron las montañas ni los caminos de las islas, no importó que llegaran las tradiciones chinas o incluso los misioneros cristianos. Permanecieron atados a esa extraordinaria naturaleza, como la expresión más alta de su encanto y su misterio. Los Yokai son criaturas que cumplen un papel especial dentro de esta tradición. Algunos son cómicos o macabros, otros parecieran ser parte de la escenografía de los grandes mitos. Existe un Yokai, Mikoshi Nyudo, que aparece como un monje tímido a quien le aumenta la cabeza en proporciones gigantescas cuando lo miran a los ojos. Existe otro, Akaname, que lame la suciedad de los baños y a quien solo la limpieza puede espantar. Hay sirenas, demonios, cabezas con un cuello tan delgado que son capaces de girar en cualquier dirección. Hay Yokai con poderes insospechados, los zorros, Kitsune, se transforman en humanos cuando colocan una hoja sobre su cabeza. Hay maneras de reconocer su trampa, no toleran la presencia de los perros ni la silueta del agua los refleja. La tradición de los Yokai ha cruzado los siglos, después de leer al respecto, ¿se sorprende alguien de la imaginación que muestra el anime? El viaje de Chihiro de Miyazaki, por ejemplo, rinde un homenaje a esta tradición fantástica, ya milenaria.