El mayor estafador portugués

Tal vez nadie hubiera dado un peso por Alves dos Reis (1898-1955) cuando la funeraria de su padre quebró, pero su carisma fue suficiente para conquistar a Maria Luisa Jacobetti de Azevedo. Con mejores relaciones, pero pobre, Alves se convirtió en ingeniero sin la molestia (o el decoro) de pasar por la universidad. Cuando llegó a trabajar a Angola, parte del imperio en ese entonces, falsificó cheques para comprar una compañía ferroviaria. Rico, regresó a Lisboa y compró más empresas con cheques sin fondo, que más adelante cubría con las reservas de las empresas que acababa de comprar, en un peligroso malabar que terminó por caer. Preso por fraude, urdió en la cárcel su plan maestro. ¿Qué era más sencillo de falsificar? ¿El dinero? ¿Los cheques? ¿O la correspondencia del banco de Portugal que pedía a una empresa la emisión de billetes?

Las cartas falsas del Banco de Portugal llegaron a la empresa inglesa, Waterlow & Sons. Hubo cómplices. Se pidió discreción. El dinero, se dijo, estaba destinado a Angola. Se imprimieron en billetes casi el equivalente al dinero que circulaba. Alves fue prudente y conservo sólo el 25 %, lo que no tardó en convertir en casas, automóviles, joyas, taxis, palacios y vestidos de alta costura; quiso, además, ser accionista del Banco de Portugal. El derroche y su nueva ambición despertaron sospechas, primero de la prensa y, más tarde, de las autoridades. Alves dos Reis fue condenado a veinte años de cárcel, al salir murió en la pobreza.

Se dice que el golpe que sufrió la economía fue decisivo para la decadencia de la primera república portuguesa y el ascenso de la dictadura de Olveira Salazar.

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