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Una historia sin vitamina C
En una estrategia más de la publicidad “el cabo de las tormentas” recibió el apacible nombre de “el cabo de la buena esperanza”. Allí el gran poeta portugués Luís de Camões imaginó una monstruo que amenazaba engullirse a las embarcaciones de Vasco de Gama. Adamastor, así se llama el gigante, era uno de los males imaginarios de los viajeros. Faltan los males de verdad y, entre ellos, el peor.
La era de los descubrimientos es una de las cumbres de la cultura portuguesa. La mayoría de los lectores piensan en las “saudades” y en la delicada hermosura de los azulejos, pero pasan por alto al viaje como un sinónimo de esta tradición. Los misioneros y navegantes portugueses recorrieron el inmenso globo desde la India hasta África, desde las costas del Brasil hasta las islas Molucas. Suyos hay diarios de viaje, correspondencias, relatos de aventuras, épicas y crónicas. Todo empezó en el siglo XIV con la historia de Enrique el Navegante, que por cierto no navegó.
Desde ese momento los desarrollos náuticos avanzaron a una marcha extraordinaria. Las expediciones consiguieron sus primeros triunfos. La cartografía se hizo más rigurosa. El tiempo en alta mar aumentó. Cuando empezó la campaña de Bartolomeo Diaz en 1487 la tripulación seguía las costas del África y a su paso dejaba un padrão, un pilar de piedra rematado en cruz, que mostraba el escudo de armas de Portugal. Las corrientes hicieron de la navegación un desafío casi inmanejable. La relación con las tribus que hallaban oscilaba entre la hostilidad y la desconfianza. Pero el problema esencial, tanto para Vasco de Gama como para Bartolomeo Diaz, era la comida.
Carson I.A Ritchie en Comida y civilización, refiere los detalles de la alimentación en el mar. En los puertos se entregaban unas galletas, que no quedaban tan duras como el metal, pero parecían una piedra. Se cocinaban en el puerto: algunas llevaban un año de elaboración, otras cuatro. En alta mar los marinos las estrellaban contra la mesa para quebrarlas por la mitad y para que las abandonara el gorgojo. La bebida en los barriles no era mejor, llamarla “agua” era cinismo. Semejante menú no incluía ni verduras ni frutas ni carne fresca, salvo la ocasional rata, apetecida en los momentos críticos.
La enfermedad del marino es el escorbuto. La falta de vitamina C aquejó a la tripulación de Vasco de Gama y de Bartolomé Díaz, entre tantísimas más. Sufrieron alucinaciones, se les cayó los dientes, las coyunturas se endurecieron, padecieron anemia. Como bordeaban la costa tuvieron la oportunidad de salir de las embarcaciones y conseguir comida, sin embargo algunos médicos de la época consideraban que los alimentos que remediaban el escorbuto agudizaban los síntomas. En el siglo XVIII los marinos administraron la solución: los fermentos como el “chucrut” y los limones en su exquisita y maravillosa variedad.