El rey y la jirafa

Se llamaba “Zarafa” y entre todos los visitantes y habitantes de París es claro que su nombre reclama un lugar fundamental en la historia. Después de la revolución de 1789 y de la ejecución de los reyes, después del imperio y de la partida de Napoleón a Santa Helena, Francia empezó un proceso de restauración donde la figura de la monarquía dispararía sus últimas salvas. El hecho ocurrió durante el reinado de Carlos X, el último rey coronado a la vieja usanza y el penúltimo rey de la historia Francia.

“Zarafa” fue parte de una serie de regalos que el valí otomano de Egipto le ofreció al rey con el ánimo de fortalecer la relación entre la corona francesa y el imperio otomano. El primer camino que tomó fue el rio Nilo desde Sudán hasta la misma Alejandría; el segundo fue el mediterráneo. Se hicieron las adecuaciones del caso: un par de vacas para la leche y una renovación en el área de la bodega para una mayor comodidad de la viajera. Alrededor de su cuello había varias inscripciones de papel con pasajes importantes del Corán como precaución. “Zarafa” llegó a Marsella en 1826 y realizó el camino hasta la capital a pie, nos imaginamos que para disfrutar mejor del paisaje. París la recibió con júbilo. El rey la alimentó con pétalos de rosas. No tardaron en aparecer miles de visitantes, los vestidos más exquisitos, las notas de prensa y, con el paso de los meses y la débil imagen del rey, se publicaron numerosas caricaturas. “Zarafa” vivió en el Jardín de las Plantas de París casi veinte años. Hoy en día su figura adorna una sala del museo de taxidermia de la Rochelle. En el 2012 Rémi Bezançon filmó una película basada en esta historia.

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