El sueño atómico de los griegos I

 

Era conocido durante el renacimiento que ante el permanente espectáculo del mundo Heráclito se lamentaba, Demócrito, en cambio, reía. La tarea filosófica que emprendió exigió tanto que, frente a las distracciones del mundo, decidió arrancarse los ojos. Las biografías de los presocráticos están entretejidas entre exageraciones y metáforas. Sobre Demócrito y su maestro Leucipo hay una verdad indiscutida: fueron los padres del átomo.

De la teoría atómica, por supuesto. Los “presocráticos” es el nombre que se emplea para denominar a los primeros pensadores de la antigua Grecia, como Tales, Anaximandro, Heráclito, Demócrito y Leucipo, entre otros. Mientras Sócrates se preocupó más por la virtud y la política, estos filósofos apuntaron su mirada a la naturaleza y quisieron responder a la pregunta por su fundamento detrás de la variedad. Para Tales la respuesta fue el agua, para Anaxímenes fue el aire, para Empédocles fueron los cuatro elementos, para los atomistas, bueno, ya se sabe.

La naturaleza de la respuesta fue diferente. Las demás respuestas se diferencian entre sí, pero se parecen en que los candidatos que proponen son sensibles: se siente el aire, se prueba el agua, el fuego arde. El átomo, en cambio, es una suposición. Mientras en el mismo período hubo un debate entre los pensadores que defendían, por un lado, la inmovilidad absoluta y, por otro, el cambio permanente, los atomistas cortaron la diferencia con una genialidad: existen las dos, cambio y permanencia.

¿Qué permanece? Los fundamentos del universo: los átomos y el vacío. ¿Qué cambia? Las formas que crean, una nube, un arroyo, un recuerdo, todo, absolutamente, es un compuesto atómico, incluso lo más ligero y evanescente, el plano psicológico. El calidoscopio presenta escenas diferentes, sus piezas, sin embargo, son las mismas. La etimología de “átomo” es indivisible, tal es su principal característica que deriva en su inmortalidad. Nuestros sentidos son muy débiles para verlos, pero su existencia es fruto de una deducción. Los átomos forman nuestro planeta, la vida que pulula y que se expresa en los animales y las plantas, forman el sol, los planetas, las estrellas, hoy se congregan de un modo y mañana se disgregan. Tal es la ley.

Platón y Aristóteles, los dos pilares de la filosofía de la antigüedad, se opusieron a la teoría atómica. Durante el periodo helenístico surgió otra vez en la obra de Epicuro. A pesar de que no contamos con el grueso de su obra, el tiempo y sus opositores fueron despiadados, conservamos cartas y fragmentos que la defienden. Hay dos aspectos clave: el primero consistió en que Epicuro unió esta teoría con una reflexión ética, abrazar la teoría atómica del universo implicaba alejarse de las divinidades convencionales y comprender nuestra situación como criaturas mortales y efímeras, que aparecieron por la incesante combinación atómica; segundo, mientras que para los fundadores los átomos describen un movimiento específico y predecible, para Epicuro y sus seguidores este movimiento sufre un accidente aleatorio, un movimiento crítico que los separa de una red férrea de causas y efectos. Según los pioneros el universo está determinado; según el discípulo permite un intersticio para la libertad.

Siempre habrá una profunda amargura por la perdida de las obras de Epicuro, pero el hado, qué digo, la permutación incesante del átomo sabe de ironías y consuelo. Un continuador de Epicuro en el mundo romano escribió uno de los libros más particulares de la historia del pensamiento: “De la naturaleza de las cosas.” Una obra donde la teoría atómica quedó expresada en poesía. Aparte de una belleza incontestable, ¿qué ofreció Lucrecio sobre el átomo? Esto lo sabremos en las próximas entradas.

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