Ética, política y ciencia
Una de las ilusiones más comunes con los mapas consiste en pensar que detrás del color de un territorio y del nombre existe una uniformidad real, es decir, que cuando vemos la palabra “Rusia” existe un espíritu propiamente ruso, una suerte de sentir que une a los habitantes de Moscú con los de Vladivostok, a más de 6.416 km. De la misma manera cuando hablamos del término “sociedad” pensamos en una suerte de uniformidad que se orienta por determinados patrones. La sencillez de la expresión contribuye al pensamiento, no hay duda, pero de alguna manera arroja un espejismo sobre la realidad. Pensemos en dos elementos y sus dilemas con esta ilusión: la ciencia y la política.
Fueron necesarios cientos de pensadores y científicos, fue necesario el tiempo y la hondura de la discusión para que madurara el método científico. Pensadores de la talla de Aristóteles fueron leídos con una devoción y un respeto que solo multiplicaba los comentaristas, a pesar de los errores que cualquiera podía apuntar, por ejemplo: el número de dientes de las mujeres, que Aristóteles pensaba mucho menor que los del hombre, o el remedio contra el insomnio en los elefantes: untarles los hombros con agua tibia, aceita de oliva y sal. Más adelante llegó Francis Bacon. Llegó después Galileo. Y los procesos de las teorías, las observaciones y los experimentos dieron pasos profundos. En la ciencia también existe una profunda diversidad, inevitable cuando se trata de la dimensión humana, pero en la medida en que se respeta una directriz, se sigue un método, se establece una línea de comportamiento y un curso de acción. El profesor Richard Dawkins considera que tal es el alma de la ciencia, si permitimos el uso de esta expresión. Ahora bien, ¿y en la política?
La cuestión es muchísimo más complicada y se levantan controversias en el momento exacto en que se lanzan las preguntas. Podemos dar un paso adelante y pensar no en la explicación de la política en sí, sino en la convergencia entre los protagonistas, léase: qué tienen en común los políticos hoy. Y esta discusión resulta interesante.
Para Maquiavelo más que la discusión escolástica sobre la política, que se parece tanto a la discusión académica de nuestros días, la praxis era lo verdaderamente importante. En “El príncipe” y en sus demás obras señala varios modelos, pero en aras de acercar esta reflexión hasta nuestros días podemos escoger a José Fouché. En plena Revolución francesa, donde las polaridades estaban a la orden del día, Fouché calibró cada enfrentamiento, cada victoria, cada traición, cada apogeo, cada ocaso. No importaron las ideologías. No importaron las causas. No importaron las alianzas. No importaron los partidos. Solo importó perpetuarse en el poder. Y el gran Fouché lo hizo, desde la ejecución de Luis XVI y María Antonieta, pasando por el ascenso y la caída de Robespierre, hasta el ascenso y la caída de Napoleón. Su nombre no es tan conocido porque prefirió siempre ser el poder detrás del poder y, casi siempre, lo logró.
Cualquiera podría calificar semejante perspectiva de cínica, insistir en que en la política sí importan la ideología y la coherencia. Pero desde la praxis la vigencia de las ideas de Maquiavelo continúa incólume. La figura de Fouché tan solo las enseña con una inusual exquisitez.
Tenemos entonces dos esferas. En una cara la política, que administra sus recursos por y para el poder; y en otra la ciencia, que busca respetar el método científico en aras de resolver problemas prácticos o teóricos. Los miembros de ambas esferas fallan: el político quizá adopte una postura impopular en la víspera de las siguientes elecciones; el científico de pronto falsifica los resultados de sus estudios. Sin embargo, las excepciones no desdicen el criterio: suena cínico, pero el político competente será quien más permanezca en el poder; el científico, a su vez, será competente mientras sepa desarrollar una investigación respetando el método. Pero ¿existe una colisión?
Durante la Segunda Guerra Mundial, a comienzos de 1945, era claro que Japón y Alemania eran tan solo escombros. Los científicos que participaron en el proyecto Manhattan sabían que si sus esfuerzos salían avante conseguirían un arma catastrófica. Preguntemos: ¿Tendrían que haber detenido el proyecto si la guerra ya estaba virtualmente ganada? ¿Tendrían que haber entregado semejante poder a los políticos? El gran Isaac Asimov considera que el camino de la ciencia debe estar libre, que el conocimiento del uranio y la fisión era el resultado de un esfuerzo científico multitudinario y que la tarea era ponerlo a buen uso. Pensemos, dice, en el fuego: según el uso resulta arma o herramienta. A pesar del progreso, la disyuntiva se repite con las demás invenciones.
Los científicos del proyecto pensaron que la misma interlocución que los políticos les dieron durante la fabricación de las bombas, continuaría cuando las entregaran. Leo Szilárd, uno de los integrantes más importantes del proyecto, pensó que en lugar de explotar la bomba en una ciudad se podía cumplir el mismo efecto detonándola en un paraje desértico ante emisarios nipones, que no tardarían en advertir. Szilárd no fue escuchado. Según informes posteriores era evidente que Japón estaba buscando el escenario ideal para su rendición. Estas condiciones no importaron, tampoco importó que la URSS tuviera prevista declararle la guerra al emperador. El propósito era claro: las bombas debían estallar en poblaciones civiles.
La ingenuidad de los miembros del proyecto Manhattan fue desconocer que la única dinámica que le importa a la política es el poder. La ingenuidad fue pensar que tanto los científicos como los políticos formaban un bloque y que perseguían en esas circunstancias los mismos intereses. La astucia del político consiste en desempolvar el discurso patriótico de unidad justo para que los demás trabajen para sus sempiternos propósitos. El espejismo de la uniformidad, en sus diferentes manifestaciones, es una de las estrategias recurrentes de la política. Y son los políticos quienes dicen liderar esa supuesta uniformidad. En los casos más extremos el político se convierte en la imagen de la nación. Los científicos del proyecto, no todos, pero sí los principales, pensaron que la política los tendría en cuenta, que no los usaría, que había una comunión en intereses, valores y propósitos. Y, por supuesto, se equivocaron, no por falta de información, que la historia la procura en grandes cantidades. Tan pronto los políticos tuvieron las armas en su poder les dieron la espalda. El triunfo más alto de la película “Oppenheimer” es precisamente este.
El discurso tradicional insiste en fabricar razones que justifiquen las dos atrocidades que ocurrieron ese agosto de 1945, pero resulta evidente que las bombas fueron una declaración de hegemonía por parte de EE. UU. Que esta declaración costó la vida de cientos de miles que vivieron el peor de los infiernos, simplemente, no importó. La retórica tradicional ofrece otro argumento: que la bomba era una necesidad militar y social, que si no la hubieran lanzado tendrían que implementar una invasión que hubiera costado más vidas militares y civiles. Bajo esa perspectiva la bomba fue, simplemente, una atroz caridad.
Según el uso el fuego es un arma o una herramienta, cierto, pero la responsabilidad de quien lo crea es muy sencilla: ¿A quién se lo va a dar? ¿Debe estar la ética de la ciencia encerrada únicamente en el cumplimiento del método científico? ¿O debe haber un imperativo ético que no esté relacionado con la observación y el experimento?
Que la política no tenga ética y que sea un circo de intereses y seducciones, no precisa mayor demostración. Quizá sea pertinente discutir si hoy en día existe una posibilidad de redención, pero más allá de eso es pertinente reflexionar sobre su relación con la ciencia, por una razón simple: hay mucho en juego.
Nada hay en el método científico que impida que la ciencia sea un instrumento de las peores intenciones de la política. El siglo pasado y este lo han demostrado bien y no hablo exclusivamente del armamento nuclear, hay infinidad de ejemplos, doy tres: el napalm, que causó estragos tanto en la Segunda Guerra Mundial como en Vietnam; las armas químicas, que el régimen sirio usó recientemente; y los drones, que se usan en las guerras prometiendo una esporádica exactitud. Si la ciencia defendiera una ética que respetara tanto como respeta el método científico, podría protegerse de ser instrumentalizada por la política como lo ha sido. Esa ética hubiera arrojado un profundo recelo sobre las posibilidades que estaban descubriendo. Una de las paradojas más curiosas consiste en que ninguna formación es completa, a saber, que el físico mejor formado en partículas subatómicas sea, al tiempo, una persona completamente ingenua en la política y las humanidades. A veces se da el caso. A veces no. Pero el imperativo de una ética no precisa de una formación histórica, que despierte el recelo, sino que es el resultado de un razonamiento estricto sobre los principios y los deberes. Queda una pregunta abierta: ¿Qué tanto interesa a los científicos hacerlo? La instrumentalización de la ciencia por parte de la política nos dejó al borde de la destrucción global. El arsenal nuclear del mundo es menor que durante la Guerra Fría, cierto, pero hoy casi alcanza la cifra de 13.000. Si en la política esperar soluciones parece ingenuo, ¿será que esperar una ética por parte de la ciencia también parece igual?
creo que la curiosidad del ser humano lo lleva a – conseguir- , sin pensar mucho en lo que pase después… o por lo menos así lo hemos visto y así lo estamos viendo, hoy con la IA y lo que vaya a suceder con la computación cuántica que no alcanzamos ni a medio imaginar lo que se alcance con ella, fijo las ideas más perversas también serán desarrolladas; pareciera básico saber que nos podría amenazar como especie, como cualquier animal sabe que lo puede herir la mayoría de las veces, en nosotros la curiosidad nos gana, eso siendo científico o ciudadano de a pie, ¿que podría hacer que nuestra curiosidad no nos llevara a amenazar nuestra existencia? … estimo, me parecería interesante saber que me impediría no llegar hacer eso que eventualmente puede lastimarme, desde unos cachos hasta una revolución tecnológica que nos suprima.
abrazo Fer!!!
Estamos de acuerdo. Con el avance de la curiosidad y las posibilidades científicas y tecnológicas se abrirá, siempre, la puerta para ambos frentes. Ahora estamos en la encrucijada, las posibilidades de la manipulación nunca han sido tan altas y la fuerza de la IA ya está haciendo de las suyas. Sin una real transformación ética, todas esas herramientas ampliarán la perversión, la explotación, la manipulación y otras tantas palabras que, seguramente, no terminan en «ión». Pero, bromas aparte, así es. Internet es un ejemplo, no imagino una herramienta mejor después de la red, pero ha llegado a una decadencia con las redes sociales y demás realmente espantosa.