El mayor crítico de la democracia 

Quién no se ha encontrado en los dilemas de una conversación política, en medio de los nombres, los partidos, las propuestas, cuando súbitamente el inventario de noticias y las notas de prensa empiezan a abrirle paso a un tema diferente. Ya no importa el político de turno. Atrás queda el escándalo de la semana. Se habla de un tema relacionado, pero más profundo, se habla de los sistemas políticos, de sus méritos, de sus virtudes o de su conveniencia. Y de repente se discute sobre la democracia.

 

El tema es muy sensible y esto rara vez ayuda a la conversación. En lugar de fijarse en la coherencia de los argumentos, la indignación no pierde la oportunidad de considerar cualquier ataque a la democracia como un apoyo a la tiranía. Aparecen, claro, las frases de cajón, los estragos de los demás sistemas políticos y, casi siempre al final, la resignación de cómo la democracia está lejos de ser el sistema político perfecto, pero resulta mejor que los demás. Sin embargo, si pudiéramos apartarnos momentáneamente de la indignación, ¿habría algo que ganar criticando a la democracia? Según Isaiah Berlin, uno de los mayores pensadores del liberalismo, sí.

 

Pensemos en el mayor crítico de la democracia, elaboremos sus argumentos no tanto con el ánimo de reescribir la historia de la filosofía o de indagar en las interpretaciones más meticulosas, sino en busca de establecer un diálogo con nuestras circunstancias. De esa manera sabremos si algo se gana. Invoquemos el nombre sagrado de Platón, pero dejaremos la solemnidad para los claustros universitarios. ¿Qué tal un encuentro más informal? ¿Por qué no?

 

A medio camino de la República queda claro que toda vez que se habla de los sistemas políticos conviene hablar con mayor precisión de la psicología. Nuestra imaginación no ofrece una mayor dificultad cuando se trata de los escenarios idílicos de paz, justicia y equidad, donde la hermandad reina y proscribe para siempre la ambición y el mal. Pero esto son únicamente sueños y nuestro racionamiento debe apuntar a la realidad. Cuando preguntamos por los sistemas políticos preguntamos también por cuál sistema se ajusta a las características y la diversidad humana. Léase: qué zapato calza a nuestro pie. Parece simple, es cierto, pero una incomprensión al respecto es capaz de permitir una serie de expectativas irrealizables o, peor aún, un escenario catastrófico. La utilidad es clara. Sin embargo, de algún modo, parece que el ser humano ha encontrado una mayor dificultad en pintar un autorretrato que en pintar bodegones o paisajes. Sabemos que existe hierro al interior de una estrella a miles de kilómetros de distancia. Pero saber con exactitud cómo y por qué las personas a nuestro lado se comportan como se comportan parece más difícil. Platón lanzó su apuesta.

 

Hay tres principios en nuestro interior. Por un lado, somos racionales y contamos con la capacidad de ponderar, examinar, buscar resultados, encontrar contradicciones, memorizar y aprender. Los otros lo complementan: nuestros deseos, gobernados por el flujo de nuestro apetito; y las emociones, donde el reconocimiento juega un papel fundamental. Tal es el retrato humano en líneas generales, pero no quedaría completo si no habláramos de la variedad: para el filósofo el principio racional subordina a los demás elementos; para el militar la emoción y el reconocimiento son tan poderosos que arrollarán tanto al intelecto como al deseo; para el comerciante la consecución de sus deseos será la pieza clave. Según la persona la pendiente está más inclinada en cierta dirección. En todos descansan los tres, pero prevalecen en orden diferente. Sería maravilloso responder qué tan acertado fue Platón en estos trazos y son varios los que han elaborado un recorrido por las diferentes nociones sobre la naturaleza humana. Tristemente acá no lo haremos. Pero no podemos dejar de preguntar, ¿fue justo Platón?

 

Que tenemos la posibilidad de ser racionales y que lo hemos sido no queda la menor duda, tal vez la pregunta más inquietante sea qué tan racionales somos y hasta dónde nuestra racionalidad gobierna nuestro comportamiento. Sobre los deseos no necesitamos prueba, si alguien califica nuestra historia como el péndulo entre la consecución y la añoranza de mil y un cosas cometería menos un reduccionismo que una injusticia. La parte más intrigante es la descripción de las emociones. Francis Fukuyama recordará esta reflexión siglos después en un libro en exceso polémico. No sólo buscamos respuestas o satisfacciones, también buscamos un reconocimiento y estamos dispuestos a sacrificar nuestro razonamiento y apetitos por obtenerlo. Lograrlo trae una alegría que parece distinta al gozo de comer pan; perderlo duele, pero es un dolor diferente al de machucarse un dedo. En líneas generales podríamos decir que Platón fue justo, ¿faltan pormenores? Seguro. Ahora la cuestión es otra: ¿cuál es la relación entre la democracia y esta curiosa criatura?

 

En un sistema político, donde existe semejante variedad, resulta meridiano que se asigne las tareas según las inclinaciones y las capacidades. Quien presenta la predisposición a satisfacer sus deseos podrá desarrollarse como comerciante y allí encontrará el campo abierto para sus inclinaciones. Quien prefiere las emociones, lo suyo es el entorno militar, allá encontrará el aplauso y el honor. Quien esté inclinado a la racionalidad que se dedique y se cultive como filósofo y, como filósofo, que entre a la esfera política, donde un discernimiento cultivado será el mejor timonel para la embarcación de la sociedad. La justicia, para Platón, consiste en que cada uno hago lo que le corresponde. El comerciante al comercio, el guerrero a la guerra y el filósofo al gobierno. Sería entrañable si todo fuera tan sencillo, pero la realidad difiere. Ya decía Wilde en “El Crimen de Lord Arthur Saville”: “La mayoría de los hombres y las mujeres se ven obligados a representar papeles para los que no estaban llamados. Nuestros Guildensterns interpretan Hamlet, y nuestros Hamlets quieren chancear como el príncipe Hal. El mundo es un inmenso escenario, pero la obra está muy mal distribuida”.

 

Platón recrea la estructura del mejor sistema político y las medidas para garantizarlo. Así trascurren los primeros actos de esta obra, una suerte de estabilidad política forjada a partir de la correspondencia de las inclinaciones humanas con las tareas de la sociedad. Dentro de esta obra llega el acto estelar (el acto III, entusiastas de Shakespeare).

 

En lugar de ocuparse del comercio, las almas que buscan principalmente las recompensas materiales llegan al poder y el régimen se transforma en una oligarquía. Y los oligarcas gobiernan y hacen lo que mejor saben hacer, sacar provecho. Llegará una crisis en cualquiera de sus presentaciones, invasores, enfrentamientos, carestías… El pueblo se dará cuenta de que sus gobernantes son más competentes para nutrir sus fortunas que para superar la adversidad. Habrá enfrentamientos. La ciudad de los pobres entrará en colisión con la ciudad de los ricos y los expulsará. La oligarquía dará paso a la democracia. Y comenzará el cuarto acto (quedo debiendo el primero y el segundo, pero el quinto es fenomenal).

 

El principio fundamental de la democracia, la libertad, se hará más fuerte y aumentará la extraordinaria variedad de la sociedad. No habrá límites, tampoco importarán las capacidades. Más allá de la inclinación y de la competencia, las personas podrán desempeñarse en cualquiera escenario. Que sea guerrero, filósofo o comerciante, no importa. Como cada uno está ocupado en lo que quiere hacer, paulatinamente se dejará de practicar el deber, que resulta fundamental en el sostenimiento de una sociedad. La libertad será el pilar de la educación. Y la comprensión de la libertad resulta muy básica, que cada uno haga lo que quiera. Surgirá de esta educación una criatura particular: alguien que insista en hacer lo que quiera, pero que no le importe las barreras para llegar al poder, que entienda que nadie piensa en lo que debe hacer la sociedad para conseguir la estabilidad y que todos, únicamente, persiguen satisfacer su querer. Prometerá a izquierda y a derecha. Desarrollará un discurso donde calibrará sus palabras. Sus electores creerán que les van a cumplir. Y cuando llegue al poder, y mientras todos están esperando que respete sus promesas y sus discursos, hará, precisamente, lo que le enseñaron desde pequeño: hará lo que quiera, sin atender promesas y sin que importen los compromisos. El demagogo es el riesgo constante de este sistema político. Y, en las circunstancias más atroces, este personaje se transformará en el tirano. Fin del acto V. Las ideas de Platón al respecto no finalizan aquí, claro.

 

¿Vale la pena recordar a los críticos de la democracia? Por supuesto. A pesar de los siglos que nos separan, a pesar de las filosofías y la complejidad, las palabras de Platón siguen resonando en el tiempo. Tal vez no sólo para una lectura de corte académico, sino para una reflexión sobre nuestras propias circunstancias. Miles de años después, los peligros de la demagogia no han desaparecido, por el contrario, han encontrado un arsenal de recursos tecnológicos y sofísticos que arman la mentira y la apariencia hasta los dientes. Hoy cualquier candidato o cualquier partido puede parecer profundamente preocupado por el medio ambiente, por la pobreza y el hambre, sin estarlo, realmente. El reino de la apariencia nunca ha lucido tan fuerte como hoy. Platón pensó que un buen discernimiento sería la clave para revelar la apariencia como la apariencia, tristemente hoy pareciera que esto es más difícil. Uno de los argumentos estelares de la República consiste en que toda forma de su gobierno encuentra su debilidad por exceso de su propio principio: la aristocracia por hacerse más selectiva; la oligarquía por solo dedicarse al lucro; la democracia por fomentar únicamente la libertad. Cuando la comprensión de la libertad no escapa de los meros caprichos la puerta a la demagogia está abierta de par en par y las posibilidades para una tiranía no quedan cerradas. Ya lo dijo bien Saramago, resulta fundamental pensar en los derechos humanos, pero sacamos poco si no pensamos también en los deberes.

 

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