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Prejuicios contra los ateos (primera parte)
1. Que existe tal cosa como un “ateísmo”
Para muchos resulta una cuestión sensible hablar de los diferentes “ismos” a lo largo de nuestra historia. Existen mil y un debates al respecto, controversias que alcanzan alturas irrespirables. Sin embargo, cuando se habla de un ateísmo, se supone que detrás de la palabra existe una estructura jerárquica, es decir, que del mismo modo que existe un cuerpo de cargos y funciones dentro del cristianismo también existe para el ateísmo. Pero no.
El malentendido es natural. Cuando se emplean las diferentes expresiones terminadas con los “ismos”, el ecologismo, el marxismo, el cristianismo, el budismo y demás, se piensa en una suerte de estructura, en una serie de principios y unos documentos esenciales. Pero los ateos solo tienen en común una diferencia fundamental frente a la religión organizada. Algunos no recibieron formación religiosa en su infancia y nunca se preocuparon por buscar una. Otros se desilusionaron de la religión leyendo “La naturaleza de las cosas” de Lucrecio y adoptaron una perspectiva materialista sobre el cosmos. Así como existe una variedad de la experiencia religiosa, como lo pensó William James, así también existe una variedad en la postura atea, desde la biológica hasta la cultural. No hay un equivalente ateo a la figura del papa, por más que sean célebres figuras como Isaac Asimov, Karl Marx o Sam Harris. No hay un consenso sobre las obras fundamentales, a pesar de que Christopher Hitchens haya hecho una valiosa antología. Estaría tentado a pensar que dentro de los ateos nadie quiere llevar el perfil de Nietzsche en una medallita colgada del cuello, pero eso sería una generalización. De pronto hay algún entusiasta.
El “ateísmo” es tan solo una expresión que denota un conjunto que se opone a las diferentes manifestaciones de la religión, sin que esté de acuerdo con una manera específica de hacerlo. Unos lo harán desde la historia, otros desde la biología, estos desde la filosofía, aquellos desde la psicología y, por extraño que suene, habrá quienes lo hagan desde la más profunda indiferencia.
2. Que los ateos no tienen moral
A juicio de ciertas personas cuando se habla sobre la moralidad resulta inevitable hablar de Dios, como si existiera una serie de eslabones que van desde la existencia de una entidad creadora, origen y sostén del universo, hasta las normas que deben gobernar una sociedad. La cuestión trata de los fundamentos propiamente. Para esta perspectiva el bien y el mal no son el fruto de un razonamiento ni de una coyuntura particular, sino una revelación sagrada. La desobediencia de estos preceptos es una rebeldía frente a los principios. La desobediencia es un atentado contra el corazón de una comunidad. La versión poco sofisticada de esta idea descansa en el viejo adagio “Sin Dios ni ley”; la más exquisita, de una cita de “Los hermanos Karamazov”: “Si Dios no existe todo está permitido”.
Este prejuicio mira al ateo como un enemigo irredimible de la comunidad. Como no participa de la creencia en Dios no tiene un sentido de moralidad y milita contra el mismo. Según esta perspectiva todo ateo vive y promueve una perversión. Esto se refuta sin dificultad. Primero porque supone que las personas que defienden la existencia de un Dios respetan de manera rigurosa sus preceptos éticos, cosa que la historia desmiente hasta la fatiga. Y segundo porque piensa que la única manera de recibirlos es a través de una religión, como si no existieran diferentes enseñanzas y filosofías o como si la empatía fuera, simplemente, hueca. Hoy los fundamentos de la moral admiten numerosas explicaciones, sin recurrir precisamente a cualquier revelación.
Ni la creencia en la religión garantiza el comportamiento moral de las personas, ni la postura del ateo excluye las preocupaciones y la participación por el bienestar de la comunidad. Que una persona crea o no en Dios no significa que sea o no un enemigo de la ley.