Prejuicios contra los ateos (tercera parte)

5.  Que ante la proximidad de la muerte el ateo cambiará de opinión

Dentro de todos los prejuicios e ideas recurrentes sobre este tema, esta no deja de aparecer en las entrevistas y es un lugar común en las discusiones. Cuando Christopher Hitchens, el gran polemista británico, dio su última entrevista antes de que el cáncer de pulmón acabara con su vida, el periodista no tuvo escrúpulo en preguntar al respecto. En su libro póstumo “Mortalidad”, Hitchens contó las decenas de cartas que recibió por parte de cientos de lectores, unos que deseaban su recuperación, para que finalmente abandonara su incredulidad; otros que le deseaban una muerte tortuosa, justo en venganza por su ateísmo. Tanto es el temor que una de las personalidades más importantes al respecto, Richard Dawkins, insiste en que si tiene la oportunidad grabará sus últimas palabras para cerciorarse de que no las inventen sus difamadores.

El prejuicio es muy simple, en el momento de la mayor vulnerabilidad resulta inevitable que la persona reconozca que existe un poder superior. Se piensa que la soberbia del ateo se remedia justo al final. Esto merece contar una historia.

David Hume, el gran pensador escocés de la ilustración, ha sido el escéptico más contundente de la historia del pensamiento. La duda nunca tuvo un mejor embajador. De Hume se sabe de su vida por su ensayo autobiográfico y por los numerosos testimonios de sus amigos. Sus obras contra la religión son demoledoras. No hay un argumento de Santo Tomás en pie después del ataque de Hume. Uno de sus amigos, Adam Smith, el gran economista y filósofo, registró sus últimos momentos. Murió en la compañía de sus amigos, con el gusto de leer unos pocos libros, de hacer unas cuantas bromas sobre la muerte y darse cuenta de que sus días llegaban a término. Una de sus últimas frases es célebre ya: “Doctor, como estoy seguro de que usted no escogerá decir nada sino la verdad, dígale por favor que estoy muriendo tan rápido como mis enemigos hubieran querido, si es que tengo alguno, y tan tranquilo y alegre como mis mejores amigos pudieran desear.”

Quizá exista un caso legítimo de alguien que haya cambiado de opinión justo en los últimos instantes de su vida, que abrace la idea de un Dios o un más allá. Pero ¿por qué no se habla de la otra probabilidad, que una persona justo cuando sus días lleguen a su término se desengañe del mundo sobrenatural en cualquiera de sus presentaciones? ¿Qué tan ofensivo sería desearle a un creyente que, ad portas del final, cambiará de opinión sobre la existencia de Dios?

6.  Que la convivencia entres creyentes y ateos es imposible

Este prejuicio se alimenta de los demás prejuicios en diferentes proporciones y de acuerdo con la situación, más o menos así: como el ateo es un enemigo declarado de las creencias resulta imposible convivir; como el ateo no respeta los valores tradicionales es un enemigo potencial de la comunidad; como el ateo sigue a un extraño anticristo mostrará sus verdaderos colores y traicionará a la comunidad en cualquier momento.  Y podríamos seguir, pero necesitamos reflexionar un poco.

Detrás de estos prejuicios existe un temor que se remonta a nuestras raíces: el ánimo por la uniformidad. No necesitamos del auxilio de la biología para reconocer que ante las amenazas y la ansiedad pasamos una revista rápida a nuestro entorno en busca de cualquier diferencia y la juzgamos con severidad. Nuestros temores se avivan. Las diferencias se exaltan. Sentimos imperativo que cada miembro de nuestra comunidad cierre filas. En últimas el temor termina dictando nuestro comportamiento y mientras más profundo sea sus exigencias son más rigurosas. Nuestra relación con la tribu parece tan profunda que no es una simple idea que recibimos de nuestra educación, sino un componente que desarrolló la biología y que reconocemos en los demás primates. El liberalismo combate fuerzas prehistóricas.

Porque el corazón del liberalismo consiste en la coexistencia entre los diferentes miembros de la sociedad. En este sistema se trata de establecer unas medidas en común en aras de garantizar una serie de fundamentos sin ahogar la singularidad. ¿Tendrían que ser vistos los ateos como sospechosos siempre? No necesariamente. Después de siglos de historia hoy sabemos que proyectar las añoranzas tribales en un gobierno de millones es una manera de abrir paso a cualquier tiranía. La diversidad de creencias es uno de los atributos más altos del liberalismo y podemos ir más allá del cliché. Ante las dificultades la uniformidad dará siempre un mismo puñado de respuestas, respuestas que puedan fallar.  La diversidad tendrá más perspectivas que ofrecer, quizá una donde descanse la solución a los problemas. El gran pensador norteamericano, John Dewey, consideraba que la democracia era el régimen que mejor respondía a la continua necesidad de adaptación.

Hay varias preguntas, una llama mi atención: en la medida en que la diferencia en ciertos temas, como por ejemplo los temas relacionados con la religión, toca o hiere directamente la identidad de las personas, ¿cuánta diversidad soporta una sociedad sin que sus miembros entren en un conflicto permanente entre ellos?

Que puedan coexistir ateos, creyentes y agnósticos no hay duda, que se necesite un marco en común entre los diferentes miembros que participe de manera fundamental en su identidad, tampoco.

 

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