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Ziryab, el maestro de Córdoba
Así como existió una Florencia de los Médicis, así como existió la París del Barón Hausmann, así también existió Córdoba durante el período de dominio musulmán. Cuando Abderramán II llegó al poder recibió un territorio que conoció la inclemencia de las guerras y los enfrentamientos. La calma posterior ayudó a desarrollar una cultura, pero tal ambición necesitó un maestro. Con la promesa de un sueldo considerable, Ziryab (789-857), el músico que había deslumbrado al califa Harun al Rashid, arribó a Córdoba y enseñó a la corte la virtud de sus instrumentos y la sofisticación del placer. Trajo el ajedrez, enseñó la importancia de una copa de cristal, cambió la indumentaria y el corte de cabello. De su amplio recorrido por las costas de África y por el medio oriente, de su estancia en Bagdad, Ziryab trajo a Córdoba las costumbres más exquisitas y también algunas supersticiones: el temor a los espejos rotos, el miedo al número trece y la certeza de que los niños que orinaban la cama habían jugado en la mañana con fuego. Más que cualquier otra contribución, la más importante de Ziryab fue la música. Suya fue una virtud que sólo conocemos por los ecos de las palabras, tristemente no por los acordes.