Yasunari Kawabata 1899-1972

La barbarie de la Segunda Guerra Mundial abrió una herida en la cultura japonesa que parecía imposible de cerrar. El menosprecio y el reproche cayeron no sólo sobre su carácter bélico, sino sobre la cultura en pleno. EE. UU. decidió fungir de maestro e imponer un nuevo camino, distinto del laberinto del fascismo y guerra. Como testigo, el premio nobel de 1968 Yasunari Kawabata no guardó silencio.

La inquietud por la esencia de la cultura japonesa nunca le fue ajena. La restauración Meiji entre 1866 y 1869 constituyó un episodio más en el movimiento pendular del archipiélago, que va de abrir sus puertas y buscar maestros por fuera de sus fronteras, a cerrarlas y olvidarse por completo de los demás. En esa década inició el aprendizaje. La diligencia y el rigor japonés resultaron asombrosos, pero el mundo de los imperialismos y sus colonias no sólo enseñaron la revolución industrial, sino los pasos erráticos y triunfantes de su cultura. Kawabata tuvo el privilegio de hacer parte de una generación de literatos que conoció el arte occidental. A sus manos cayeron las obras de Shakespeare, la filosofía de Nietzsche, las novelas de Dostoievski y Tolstói. Pronto se entregó a conocer las controversias más recientes de los artistas de su tiempo en las demás latitudes. Como otro gran escritor de este período, Soseki Natsume, se dio a la tarea de conocer más sobre la psicología del norteamericano William James. Como muchos quedó embrujado con las vanguardias artísticas de comienzo de siglo, también con un medio que nació en ese momento, el cine. Suyo es un film que todavía hoy despierta controversia: “Una página de locura”.

Mientras el Japón de Meiji cobraba más protagonismo, mientras los aristócratas de la capital abrazaban las tradiciones y la indumentaria occidental, la vida de las tradiciones permanecía casi intacta en los templos y en la pobreza. Kawabata entendió la dimensión de su cultura a partir de las decenas de rituales funerarios que atendió en su juventud. El ingenio de los nuevos maestros no alteró la relación de la cultura nipona con la muerte. El consuelo de las prácticas del budismo y de los templos del Shinto encerraba una afinidad con su espíritu que las nuevas enseñanzas no procuraban. Las primeras páginas de su literatura nacieron de esta experiencia.

Kawabata realizó varios trabajos editoriales sobre los grandes novelistas rusos, antologías y ensayos que muestran su carácter como divulgador. El aprendizaje de estas letras resultó esencial en las técnicas narrativas, se convirtió en una herramienta más para una sensibilidad auténtica, propia, que encontró en este aprendizaje un complemento a los recursos de su tradición literaria.

En novelas como “País de nieve” el lector siente la ausencia de los viejos esquemas de las narraciones de occidente, el comienzo, el nudo y el desenlace; en cambio se explora la relación entre la sensibilidad y la memoria de una forma tan intensa como lo consiguieron los escritores anglosajones de comienzos del siglo pasado. Los diálogos de los personajes esconden una insinuación que refleja de manera más clara los sentimientos y la soledad. Sus descripciones no beben de las fuentes del realismo, prefieren las imágenes que transmite con más claridad los versos del haikú. Kawabata fue un estudiante de los maestros occidentales, pero no les profesó sumisión. Su literatura mira siempre su propia tradición en clave de diálogo.

El camino del imperialismo japonés exaltó tanto el pasado militar de las islas como los contenidos de su cultura. La encrucijada de Kawabata no era menor, cualquier afirmación de su cultura podría leerse como un apoyo a las causas políticas que derivaron en la guerra. En sus novelas se enseña esta tradición, pero se muestra la crisis que padece. En “Mil grullas” (traducida también como “Una grulla en una taza de té”), por ejemplo, la ceremonia ancestral está llamada a renovarse más allá de las formas y los protocolos. En “Kioto”, escrita después de la Segunda Guerra, la vieja capital se viste en su esplendor de ceremonias en una evocación de los principios de su cultura, donde la ocupación norteamericana sirve de telón de fondo.

Según Hisayasu Nakawa, la cultura japonesa y el individualismo resultan distantes incluso en el lenguaje, en sus formas de expresión. Este es uno de los rasgos fascinantes de la literatura de Kawabata, la soledad, el recuerdo y la vejez, procuran una dimensión inusual al individuo. Sus personajes zozobran dentro de sus recuerdos, ya sea delante de los reflejos de una ventana en un tren que cruza la nieve, ya sea delante de una joven desnuda, cuyo dormir sirve de compañía a un viejo y a su memoria. Sutil, preciso, sensual, su estilo da cuenta del crecimiento de una literatura dentro de una identidad. En su discurso del Premio Nobel Kawabata compone un inventario de las formas de expresión del arte y la sensibilidad japonesa. Sus obras son un momento más de ese camino, un paso más después de un aparente fin.

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