Los dos caminos del cuento 

El cuento no era precisamente un niño cuando comenzó el siglo XIX,  sin embargo en medio de las guerras napoleónicas, las revoluciones y la madurez de la prensa, dio algunos de sus pasos más profundos. Después de reescribir los relatos tradicionales de su tierra, Nikolái Gógol (1809-1852) encontró en el drama de la ciudad una cantera que parecía no agotarse. Aunque la frescura de los «Cuentos Peterburgueses» sigue intacta, los temas que trata ya no despiertan la misma sorpresa. Gógol describe la vida cotidiana en el cruce polvoriento, el funcionario apagado, los delirios y las ambiciones de la persona común. El tesoro que protegía las mil historias no estaba en los aristócratas, sino en el andén.

El mismo año del nacimiento de Gógol, pero a miles de kilómetros de distancia, nació Edgar Allan Poe (1809-1849). A finales del Siglo de las Luces la literatura mostró escenarios fantásticos, románticos y góticos. Poe conoció estos escenarios como poeta y cuentista, pero fue en el cuento donde los unió de tal modo que terminó creando algo nuevo. El cuento fantástico adquirió una forma más definida, una composición más firme. Poe dejó algunas de las páginas más lúcidas e incomprendidas del hacer literario. Suyos hay relatos de terror, fantasía, detectivescos e incluso de ciencia ficción.

De Gógol procede Guy de Mauppassant y Antón Chejov, y de Chejov procede Hemingway y Katherine Mansfield. De Poe procede Cortázar, Borges, Bioy y Bradbury. Pero no nos engañemos con estas listas, los caminos del arte casi siempre se entrecruzan, ya sea en los relatos de Flannery O’Connor o en la obra de Fedor Dostoyevski.

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