El capitalismo no tiene rostro

 

La Revolución Francesa abunda en momentos críticos, pero ni siquiera la toma de la Bastilla alcanza el dramatismo que tuvo el juicio a Luis XVI. Después de su escapatoria se descubrieron las pruebas suficientes para confirmar su desencanto con la asamblea e incluso su traición al pueblo francés. Su culpa estaba fuera de discusión. El problema era el castigo. Los moderados consideraron atrevido la sola idea de juzgar al heredero del Rey Sol, pero después de un respiro votaron por el encierro vitalicio.   A los ojos de los radicales, semejante medida era timidez e incluso complicidad. Saint Just, el llamado “arcángel de la muerte”, consideró que nadie podía ser inocente al reinar. Los demás jacobinos supieron que no se trataba de un pobre individuo bonachón entrado en carnes con una indumentaria protocolaria, se trataba de los símbolos.  La guillotina acabó con los dos. Un siglo después, durante la Primera Guerra Mundial, los revolucionarios rusos entendieron lo mismo. Para acabar la monarquía divina era preciso deshacerse de su rostro humano.

Los regicidios fueron el movimiento que cambió la partida, pero no fue el único. Para el desconcierto de sus opositores las raíces de ese sistema resultaron tan profundas que muchos llegaron a sacrificar su vida para que no las removieran de la tierra. En las transformaciones que se embarcaron fue preciso la cacería de cada uno de los símbolos: los emblemas familiares, el aceite con el que ungían de divinidad, las carrozas protocolarias, los íconos sagrados, el perfil en las monedas. Aquella tarea pareció siempre inconclusa, pero en el caso del capitalismo el revolucionario que jura su destrucción enfrenta un problema de otro orden. ¿A dónde apuntar sus armas? ¿Dónde está el cetro y la corona de ese sistema? ¿Cómo avanzar en la partida? ¿Estarán tan profundas las raíces como las de la realeza?

Porque no es el rostro del presidente de los EE. UU, tampoco de la cabeza de los monopolios más importantes del planeta, menos en los productos que circulan en los mercados. ¿Logos? ¿Etiquetas? ¿Redes sociales? ¿Qué dar de baja? El capitalismo de nuestros tiempos es la pesadilla de cualquier cazador. Tiene en sus filas decenas de apologistas capaces de sustentar sus beneficios en diferentes escalas, pero no los necesita. Solito se las arregla. Es capaz de escuchar al comunista más encarnizado hablando de la historia revolucionaria, de la perversión del capital, del ascenso del proletariado, para luego transformar este discurso en productos. Esa es su alquimia: Lenin adornará una camiseta roja, la famosa foto del Che estará impresa en pocillos, las palabras de Engels adornaran afiches y pancartas, los bustos blancos de Marx (ideal para el escritorio y la biblioteca) formaran hileras infinitas en las bodegas de Amazon. El precio oscilará según las variaciones del mercado, entrarán en oferta ocasional el “Black Friday” y sus ventas se incrementarán en los aniversarios y durante los estrenos en las plataformas digitales.

Los movimientos antisistema al tiempo que critican la distribución del capital, los impuestos risibles de las oligarquías y la injerencia de las fortunas en los congresos, se vuelven también engranajes al interior de los mercados. El capitalismo en el siglo pasado sufrió desmayos que muchos confundieron con infartos al miocardio. Los profetas de su fin ya no saben ni siquiera dónde sentir su pulso. El “sistema” ha sobrevivido estafas de los mercados, la devastadora gripe española, los dos peores enfrentamientos bélicos de la historia, el combate contra el comunismo, la contracción de los mercados, la crisis del petróleo, la crisis inmobiliaria, el COVID-19… y tan solo se sacude el polvo de los hombros y sigue adelante.

En el horizonte existen dos movimientos que se precian de comprender este sistema y que ofrecen una serie de alternativas. En estas últimas décadas la difusión de las causas ambientales pasó de la crítica de unos académicos a un movimiento generalizado. El argumento sobre la mesa es claro: el combustible de la enorme locomotora que arrastra los mercados es finito, además el humo de la maquinaria amenaza los pulmones de la tripulación entera. Resulta imprescindible una transformación. Cuando se observa el paradigma del crecimiento económico se apunta precisamente a estos problemas. El viejo sistema, veterano ya de mil batallas, observa a su nuevo contrincante de pies a cabeza y repite su alquimia: aparecen los nuevos cepillos dentales hechos de bambú, el logo de responsabilidad ambiental en los disolventes, las flechitas de reciclaje en los ejércitos de envases plásticos y los nuevos automotores eléctricos deslizan sus neumáticos en un silencio solemne. ¿Cuáles es la respuesta frente a las críticas? Inyecte en los mercados nuevos corredores ambientales. Queda la pregunta: ¿garantizan esos nuevos productos que evitemos la crisis ambiental? Cualquier respuesta será controvertida, pero lo importante se cumple: la caldera de la locomotora sigue ardiendo.

El segundo movimiento despliega sus brigadas y su artillería desde las redes sociales y dispara sobre los pilares del sistema. El minimalismo considera que hoy vivimos una gran conjura: de esquina a esquina en las ciudades e incluso en los pueblos se levanta un sistema que solo conoce de gastos, compras y acumulación. El individuo ha sido condicionado en cada dimensión: siente afán, compre; está triste, gaste; ¿contento? invite; ¿aburrido? acumule. De cualquier forma, el paradero siempre será el mismo. Si al menos hubiera un remedio permanente semejantes trabajos estarían justificados, pero el péndulo oscila entre la insatisfacción y el aburrimiento, entre el permanente deseo y una saciedad momentánea. Los minimalistas insisten en liberarse de esas cadenas. Detrás del consumidor promedio vive una manipulación permanente cuyo principal fin es mantener el combustible de la locomotora, sin que importe que la tranquilidad personal sea el leño en la caldera. El minimalismo se convirtió en viral durante la pandemia. Sus principales exponentes se entregaron a subir videos de cómo sobrevivían sin decoraciones. Aparecieron documentales en plataformas de los perjuicios del capitalismo, libros en los portales que promulgaban el vacío de los cajones como una clave inesperada de la felicidad, canales en las redes con recomendaciones sobre cuántos cubiertos tener. Se sospechó de los viejos productos, pero los virtuales parecieron inofensivos. Y la vieja alquimia se produjo de nuevo, acaso más sofisticada. Conviene decir que con este segundo rival los resultados hasta ahora están en un punto muerto: de un lado la presión aumenta y continúa, del otro el contrincante vive reparando sus diques; un descuido es suficiente y el viejo campeón gana todo.

El capitalismo no tiene rostro y nadie se lo reproche, no recibe una metáfora clara distinta de la mano invisible de los mercados, que como expresión encierra una precisión majestuosa. Lo único que ha hecho es inyectarse esteroides con cada revolución tecnológica, nada más; no es una propuesta, no es una creación deliberada, acaso esto explique porque resulta tan difícil cercar su impulso. En cada lugar se configura las escenas cuya raíz está enterrada en la tierra de nuestra especie: parte sed de estatus e ingenio, parte egoísmo e incompletitud, parte aburrimiento y ensoñación.

 

 

Facebook
Twitter
LinkedIn

Recuerda que puedes pagar tus cursos por

300 642 28 50

Una vez realices el pago, compárteme el comprobante por WhastApp

Para pagos PayPal escríbeme al correo: contacto@fernandogalindo.co o a mi WhatsApp.