Recuerda que puedes pagar tus cursos por
La insatisfacción nuestra de cada día
Tal vez hoy nos cueste trabajo comprenderlo, pero la geometría tiene sus seducciones y dentro de los grandes filósofos de la tradición occidental ninguno la sintió tan fuerte como Baruch Spinoza. Quien ha sido considerado el más noble entre los pensadores trató siempre de mantener un pulso firme ya fuera en su correspondencia o en sus grandes obras, en las cuales rechazó el estilo de su maestro Descartes por uno más árido: los axiomas, los escolios y las proposiciones. Leer su “Ética” es sumergirse en un verdadero laberinto donde el extravío lo producen la cantidad de indicaciones: en el más distante de los peldaños aparecen con sumo detalle los soportes, a la manera de un insufrible inventario de credenciales. Su confianza en el esquema geométrico fue absoluta. Spinoza creyó que el estilo que revelaba verdades sobre los ángulos rectos y las paralelas servía con igual eficacia para los rencores y el amor. Caigamos en una herejía: ¿Fue ingenuo?
La primera cuestión salta a la vista: desde una perspectiva distante tal vez todo quepa expresarse en términos de unos y ceros, pero una cosa es cuando el médico atiende a un enfermo y otra cuando el enfermo es él. Identificar los elementos de un planeta lejano es una proeza que cabe expresarse en términos claros. Responder, por el contrario, cuál es nuestra motivación para una ruptura sentimental es harina de otro costal. Spinoza propuso el aprendizaje de una distancia donde los términos dejaran de ser cercanos y permitan el confiable razonamiento propio de los cuadrados y las elipses. La razón nos hace impasibles y su método geométrico es capaz de diseccionar lo más íntimo. Esta propuesta despertó el escepticismo de ciertos lectores.
Una de las razones más poderosas al respecto es la siguiente. Schopenhauer consideró que la mayor dificultad en el desarrollo filosófico es precisamente el momento cuando el individuo se examina a sí. Las luces de su intelecto viven proyectadas afuera, allí nuestro razonamiento encuentra una mayor claridad, se identifican y se delimitan dos instancias: el observador y lo observado, el ojo y el paisaje. Si llevar esas mismas luces al interior es imposible. ¿Cómo entonces pensar los contenidos de nuestros emociones y razonamientos con la misma claridad que pensamos en la jarra de agua y la puesta de sol? No hay duda de que existen numerosas ocasiones en que reconocemos sin tropiezo la exquisita maquinaria de nuestro interior, respondemos sin sobresaltos las preguntas de cuándo, cómo, qué y por qué. También hay otros en que la bruma es más espesa y se da esa extraña ironía: en el campo más inmediato de nuestra intimidad nos sentimos ajenos, extraviados e ignoramos qué nos está pasando. Estas circunstancias tan particulares llaman otras propias del reino de la traducción. Me explico.
Si sabemos que las luces de nuestro intelecto no pueden proyectarse en nuestro interior, ¿la misma situación le ocurre también a nuestro lenguaje? ¿No podría ser él ese emisario que triunfa donde los demás sufren tropiezos y ambigüedades? ¿No será el lenguaje justo la herramienta perfecta? Nadie puede dudar de su utilidad en este campo, en el campo más inmediato de nuestra intimidad. Aquí los escollos son de otra naturaleza. Uno de los filósofos más agudos del siglo pasado es famoso por revelarlos. Desarrollemos las observaciones de Wittgenstein con un ejemplo: en el plano físico yo hablo con entera comodidad de unas llaves: las tengo, las pierdo, las daño, las presto, las guardo, las olvido. En el plano mental uso los mismos verbos para hablar de ideas: también las tengo, las pierdo, las olvido, pero ¿es eso lo que está ocurriendo? ¿Tengo una llave de la misma forma que tengo una idea? ¿Puedo hacer con las llaves lo mismo que hago con las ideas? ¿Cómo saberlo? Quizá en algunos momentos nos pierda una mala traducción y empleemos, por ejemplo, la expresión que usamos acá “la maquinaría de nuestro interior” cuando ese interior es todo excepto una cantidad de poleas, engranajes, aceite, grasa y prensas.
Este no es un tema menor, a saber, que el lenguaje que usamos para describir nuestros estados anímicos y psicológicos vive entrelazado con el lenguaje que describe los acontecimientos físicos. Dejemos está idea ahí. No olvidemos nuestro rumbo. Ahora tenemos dos argumentos fuertes para contestar la manera de operar de la filosofía de Spinoza. Discurrir sobre sí mismo con esa pretendida exactitud encierra más de un inconveniente. De pronto exportar el método geométrico al campo más íntimo sea advertir que allí gobiernan otras geometrías, acaso más misteriosas. Pero falta una consideración de una naturaleza distinta.
Quisiéramos hallar las respuestas a las preguntas que más nos afectan y quisiéramos que esas respuestas tuvieran la característica de una respuesta definitiva, a la manera de uno más uno o dos más dos. La cuestión descansa en que hay una diferencia fundamental entre las leyes que gobiernan los cilindros y las dinámicas propias de nuestro entorno emocional. En el primer escenario advertimos constantes y lanzamos las redes de nuestro pensamiento y nuestras palabras con el ánimo de describir los problemas y hallar, de ser posible, alguna solución. En el segundo escenario nosotros somos al tiempo el explorador y el territorio inexplorado, por extraño que esto parezca. En el primero nos esmeramos en apuntar tanto el fin como el comienzo de nuestras investigaciones. En el segundo sabemos de un comienzo, pero ¿cuándo, en esa exploración interior, diremos llegar a un fin?
Si alguien nos contara que sobre sus dilemas más íntimos cuenta con la misma seguridad con que recita las tablas de multiplicar lo miraríamos con sospecha. No falta quien se levanta en el escenario de la historia para decirnos que siguiendo ciertas disciplinas llegó a la satisfacción perfecta, que ya encontró las respuestas definitivas, que mientras los demás se empeñan en zozobrar, él ya terminó el camino y ya dio con la última palabra, que él develo los estratos y dimensiones de nuestro interior (si es que nuestro interior tiene “estratos” o “dimensiones”). Semejante iniciado tiene mucho que enseñar. Si semejante destino fuera posible eso implicaría que la misma evolución permitió que un mecanismo racional anulara nuestra permanente sed de búsqueda, que un truco hecho por un mago advenedizo fuera capaz de asfixiar la insatisfacción modelada durante milenios. Esa insatisfacción es la condición de nuestros días, es la gravedad que impide que los razonamientos de corte geométrico terminen nuestras preguntas, la fuerza que nos determina a permanecer al acecho incluso cuando parece absurdo estarlo. Los vendedores de humo, y no imaginemos por un segundo situar la nobleza de Spinoza a su lado, lo saben a la perfección: se trata de vender cristales, gemas, inciensos (¡ja!), naipes, retiros, constelaciones, todo para resolver un problema que es la condición misma de nuestro ser. La insatisfacción es el hambre permanente. Sin ella moriríamos de inanición. La necesitamos tanto como el pan de cada día.
Acaso en el porvenir los esfuerzos de las ciencias tracen una anatomía entera de la psique humana. Algunos pensaran que se trata de un problema que requiere más evidencia, más esfuerzo, mejores recursos que revelen el drama tras bambalinas. Otros pensaran que este es de esos dilemas filosóficos que necesitan precisamente un cambio radical de perspectiva, una nueva formulación. Más allá de quien lo consiga es claro que el individuo vivirá para sí mismo en esa paradoja: querrá satisfacciones plenas y absolutas, revelaciones definitivas, a pesar de que tal cosa pareciera contraproducente para la condición humana, a pesar de que eso implica superar la más aguda de las paradojas. No faltará quien diga que fue capaz de dirigir las luces de su intelecto para discernir en sí mismo con exactitud, que ha depurado el lenguaje para transmitir la verdad de esa disección, que halló las respuestas sobre sí mismo con una contundencia tan alta que resulta justo imaginar que son las mismas respuestas para los demás. No faltará esa persona como tampoco faltará la credulidad. Esa cerradura parece imposible de abrir de forma contundente. Resulta todavía más difícil saber si un tercero la abrió para sí. Este misterio luce hermético de comienzo a fin.