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El argumento económico
Tal vez no tengan el romanticismo que tienen los enfrentamientos épicos en los campos de batalla ni el corte heroico de una misión ejemplar, pero la guerra también es una operación financiera y un puñado de celdas en una página de Excel. La pregunta crucial consiste en si la guerra es —fundamentalmente— una fachada para una agenda económica.
En las vísperas de una disputa militar el argumento circula sin sobresaltos en los periódicos y las editoriales. Lo presentan de una manera ya tradicional. Primero, se considera que las justificaciones son una pantomima mediática; segundo, se descubre una veta que apunta cualquier tipo de ganancia. Se concluye, con cierta altivez, que solo los ingenuos ven la guerra como dos principios morales que entran en conflicto. Si se mira con suspicacia se pensará que en algún lugar salta la oportunidad para el dinero y, voilà, allí está la explicación. Pero ¿acaso es tan simple como parece?
La criatura humana, en el último análisis, no es un ángel caído que exija un profundo debate filosófico sobre sus motivos. Su esencia es simple: busca el placer, rehúye el dolor. Al menos así lo propusieron algunos pensadores anglosajones que rescataron una formulación del pasado para presentarla bajo una nueva perspectiva, con cierto tinte científico y reduccionista. El sentido común acogió la simplicidad de esta idea. En los grandes conflictos se realiza una suerte de sumatoria y se comprende a los agentes como entidades que persiguen un propósito específico: cualquier guerra, toda guerra, es una exploración en quién gana, cuánto gana y cuánto vale la pena apostar por determinado beneficio. La limitación de esta mirada no resulta evidente a primera vista, pero con algún detenimiento aparece. En cualquier caso su sencillez muestra un atractivo singular.
Como lo pensó Platón, la complejidad del ser humano se traslada a la complejidad de la sociedad. Podríamos vivir en una utopía tomados de la mano en la cumbre de una montaña, donde repartiéramos nuestros bienes sin tropiezos, pero no, no lo hacemos. Compartimos una misma condición, es verdad, pero no compartimos los mismos fines. Y no se trata solo de recursos. Una de las críticas fundamentales de Nietzsche y Dostoyevski a la perspectiva utilitarista, consiste en mostrar que el ser humano es una criatura que establece sentidos y propósitos, a veces similares, a veces diferentes. Tal rasgo nos hace casi divinos. No son pocos quienes deciden ocupar esta capacidad para aumentar su patrimonio y quizá entiendan a ese habitante de Pompeya que quedó petrificado, postrado sobre el suelo, protegiendo con sus brazos un cofre con monedas. Quizá. Existen, sin embargo, otros que fijan su mirada en un propósito distinto y están dispuestos a subordinar a ese propósito sus ganancias, sus bienes, incluso su misma vida. La historia de la guerra registra que la meditación sobre los recursos y las capacidades económicas es parte crucial en las decisiones y las estrategias. Considerar, por el contrario, que tal es el fin en cada una de las ocasiones es más que controvertido.
La maldad del régimen nazi y la contundencia de sus ataques en los primeros días de la guerra lanzan una imagen equivocada: se piensa que la determinación en detenerlos fue absoluta. Y no lo fue. Los opositores a las políticas de Winston Churchill mantuvieron una comunicación constante con los emisarios nazis y acariciaron la idea de un pacto de neutralidad. La ideología racista de Hitler exoneraba a los ingleses de su cruzada delirante contra los eslavos y los judíos. Para Churchill era claro que con un enemigo así no podía haber el menor acuerdo y valía la pena arriesgar cada uno de sus recursos con tal de detenerlo. Cuando terminó la Segunda Guerra el Imperio británico tenía sus días contados; el pueblo inglés, no.
La obsesión de la ideología nazi con la raza fue tan aterradora que su empeño por destruir a judíos, gitanos y demás no conoció descanso, incluso cuando la empresa de la guerra estaba perdida, cuando sus tropas estaban derrotadas, cuando ganar un nuevo aire para fortalecer el conflicto era imposible, cuando Alemania estaba en ruinas, el empeño por la erradicación jamás cesó. Como fin supremo lo subordinó todo. Si Hitler hubiera recibido la fortuna del rey Midas a cambio de que abandonara su obsesión y su empeño de exterminio, ¿hubiera aceptado?
El utilitarismo alcanza una lucidez extraordinaria a menudo, pero sus reflexiones nunca son suficientes. No somos ángeles caídos, es verdad, pero tampoco máquinas que solo entienden de unos o ceros. La riqueza es tan solo un fin entre millones de fines más. El robo tal vez sea parte de una guerra, pero no la explica por completo.