La ilusión de un fin global

Después de los descubrimientos de Darwin hubo una conclusión meridiana que tuvo eco en el pragmatismo norteamericano. El gran John Dewey, uno de los pedagogos más importantes del siglo pasado, concluyó que es precisamente la democracia moderna el mejor de los sistemas políticos en la medida en que el cambio es una posibilidad entretejida en sus principios. Los demás sistemas políticos, por el contrario, se juegan su existencia en mantener estructuras ajenas al cambio, olvidando que la exigencia permanente de la realidad es la adaptación. La más alta corona es pobre frente a este desafío. El gobierno del pueblo, en este campo, alcanza un mayor margen de acción.

Después de la Segunda Guerra Mundial fue clara la urgencia de crear y fortalecer tribunales internacionales. Para este fin se creó una enorme arquitectura institucional que ganaría mayor solidez con el tiempo y con la resolución de conflictos. Pero después de 1945 el tablero internacional no empezó la partida de cero. Hubo una distensión momentánea, pero pronto despertaron de su letargo las rencillas y los intereses. La carrera contemporánea por los remedios empezó cuando las conflagraciones estaban a media marcha. Fue urgente abrirse paso a codazos en medio de las batallas y las guerras, así fuera para mediar un cese de hostilidades o un acuerdo de paz pasajero. La apuesta, sin embargo, estaba sobre la mesa. Si la democracia representa la mayor capacidad de adaptación para el gobierno de cada uno de los países, ¿No resulta claro que semejante exigencia también afecta al sistema internacional? ¿Está fundado este sistema en preceptos democráticos? ¿Tiende al menos hacía ellos?

La primera consideración arroja pocas esperanzas: la democracia moderna es un ave rara en el mundo. Un sistema así necesita una formación considerable por parte de los ciudadanos, esta formación solo es posible tras superar las condiciones básicas, estas condiciones se satisfacen en una economía sólida y, para que se dé algo así, es fundamental el concurso de una fortaleza institucional además de otras variables. Resulta claro que la democracia brilla como un ideal. Su camino es arduo y se degrada fácil. En el papel existen muchas, pero una mirada escéptica reconoce que más son los simulacros que la autenticidad.

La siguiente consideración implica una reflexión de corte filosófica.  La democracia moderna, incluso como ideal, es el término final de una serie de episodios históricos e intelectuales. Fueron precisos los griegos y sus ideas sobre la política. Fue necesaria la consolidación del cristianismo y la reforma. Fue imperativa la ilustración en el viejo continente. Fue angular la batería de revoluciones europeas y americanas.  Los siglos y las décadas propusieron, criticaron y corrigieron ese ideal: nació allá en las costas del mar Egeo, pero el tiempo fue dándole su última forma. Los experimentos en exportar este ideal rara vez han tenido éxito: desde un desarrollo histórico distinto luce simplemente absurdo. El desencuentro inicia desde la importancia incontrovertida del individuo y el valor absoluto de la libertad. La separación arranca en los principios.

La proporción del desastre de la Segunda Guerra Mundial se dio por la convergencia de los desarrollos tecnológicos y la consolidación de las dictaduras totalitarias. La democracia moderna no es una garantía de respeto, pero al menos la defensa su ideal es una apuesta razonable en la disminución de los conflictos. Las dictaduras, por el contrario, los crean, los buscan, los imaginan y, en cualquiera de estos tres escenarios, planean una respuesta de índole militar. Viven ad-portas del enfrentamiento. Se justifican en esa tensión y alimentan un catastrofismo permanente. Allí están los discursos, las alianzas, la innovación y la economía. En estos regímenes el progreso es para el fúsil, jamás para la ración del soldado.

Un sistema internacional integrado por representantes de estos dos sistemas vive haciendo malabares y pasando tragos amargos. Una cruzada contra las dictaduras resulta un absurdo. Permitir que las que existan ganen unos centímetros más representa un peligro. Durante años la esperanza era que las insurrecciones recibieran un empujón de las potencias occidentales y lanzaran al traste con las dictaduras, pero el fin de la libertad como un valor universal es controvertido. Los revolucionarios no tardan en sustituir una tiranía por otra. Además, el prontuario de los autoproclamados defensores del mundo libre muestra pasajes sombríos: no son un secreto sus alianzas con los déspotas.

En el ámbito de la política y en el tablero de las relaciones internacionales la adaptación es la última instancia. Los países se convierten en presas y depredadores y se cambia el escenario y aparecen nuevas alianzas y separaciones, unos sucumben, otros prosperan y buscan el árbol que mejor sombra dé. Existe una limitación. En semejantes circunstancias si el planeta necesita dar cuenta de un desafío la más mínima alianza global sufre una imposibilidad lógica, así este fuera la paz, el desarme nuclear, el calentamiento global u otra pandemia, una más letal.

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