Dos genialidades truncadas

Siempre habrá que leer con cierto recelo las historias de la genialidad, no sabemos cuánto hay de verdad ni cuánto de simple hipérbole. Se precisa de pruebas y testimonios y ni siquiera así cabe estimarla a cabalidad; la mejor prueba de la capacidad todavía continúa siendo la obra, sea cual esta sea. La primera de las figuras se llamó James Crichton; su vida y hazañas fue escrita por Thomas Urquhart, el traductor de “Gargantúa y Pantagruel”. ¿Qué podemos decir? Dueño de una memoria abrumadora, en una época de asombros y maravillas, Crichton debatió en la Europa renacentista con las plumas más versadas sobre diferentes materias. El resultado fue rotundo: el joven prodigio parecía dominar cada rama del saber. Su fluidez en diez lenguas dejó pasmado a los mayores estudiosos. Su habilidad trascendió las humanidades. Se sabe que manejaba con igual destreza el caballo, la espada y las artes de la corte. Viajó por el continente, llevó a las tablas un par de comedias y en Mantua los celos de la familia reinante, los Gonzaga, terminaron con sus días. Vivió entre 1560 y 1582.

 

Thoma Urquhart quizá jamás abandonó el espíritu de Rabelais cuando compuso la biografía de Crichton. ¿Pudo existir semejante persona? El siguiente caso quizá nos dé la respuesta. Christian Heineken nació en Lübeck en 1721. Aprendió a hablar a los diez meses de edad. De la mano de su tutor, Christian von Schoenich, aprendió el pentateuco antes de cumplir su primer año y la Biblia entera a los catorce meses. Aprendió más adelante la historia de los diversos imperios, la geografía del globo, supo de historia danesa y de derecho romano, también conoció los rudimentos de la astronomía de su época. Realizó audiencias donde demostró sus capacidades. El mismo Kant lo conoció. Falleció en 1725, sin haber cumplido los cinco años de edad.

 

Crédito de la imágen: pxhere

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