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Memorias de la librería
Por: George Orwell
Traducción: Fernando Galindo G.
Cuando trabajé en una librería de segunda, -tan fácil de imaginar, si uno se trabaja en una, como un paraíso donde encantadores caballeros buscan eternamente entre folios empastados en cuero- lo que más me desconcertó fue la rareza de las personas verdaderamente librescas. El inventario de nuestra librería era realmente interesante, sin embargo dudo que el diez por ciento de nuestros clientes distinguieran entre un libro bueno y uno malo. Los snobs que buscaban primeras ediciones eran más comunes que los amantes de la literatura, pero los estudiantes orientales regateando por libros de texto baratos eran todavía más comunes, y las mujeres despabiladas buscando regalos para el cumpleaños de sus sobrinos eran lo más común de todo.
Muchas de las personas que venían a nosotros eran del tipo de persona que hubieran sido una molestia en cualquier sitio, pero que tienen una oportunidad especial en una librería. Por ejemplo, la querida señora que “buscaba un libro para un inválido” (una solicitud muy común esa), y la otra señora que había leído un libro maravilloso en 1897 y se preguntaba si uno podía encontrarle un ejemplar. Por desgracia no recordaba ni el título ni el autor ni de qué trataba el libro, pero lo que sí recordaba es que la carátula era roja. Pero aparte de estas hay dos tipos de molestias que asaltan a cualquier librería de segunda. Una es la persona decaída que huele a corteza de pan que viene todos los días, a veces varias veces en un día, y trata de vender libros basura. La otra es la persona que pide una consideraba cantidad de libros por la que no tiene intención alguna de pagar. En nuestra librería no vendíamos nada a crédito, pero separábamos los libros o los pedíamos si era necesario para que las personas los vinieran a recoger después. Escasamente la mitad de las personas que nos pedían libros volvían. Al principio me inquietaba. ¿Por qué lo hacían? Venían y pedían algún ejemplar costoso o raro, nos hacían prometer una y otra vez que se los guardaríamos para luego jamás volver. Muchos de ellos sin duda eran paranoicos. Solían hablar de una forma grandilocuente acerca de ellos y contaban las historias más ingeniosas para explicar cómo habían salido de la casa sin dinero, -historias que, en muchos casos, estoy seguro de que creían. En un pueblo como Londres hay siempre una cantidad considerable de lunáticos no certificados caminando por las calles, que tienden a gravitar sobre las librerías porque una librería es uno de los pocos lugares donde pueden pasar largos períodos de tiempo sin gastar dinero. Al final uno llega a conocer a estas personas con tan solo mirarlos. Por toda su gran conversación hay algo de anticuado y de zozobra alrededor de ellos. En muchas oportunidades, cuando enfrentábamos claramente a un paranoico, separábamos los libros que nos pedía y en el momento en que partía los poníamos de nuevo en las estanterías. Ninguno de ellos, me di cuenta, intento llevarse los libros sin pagarlos; con tan solo pedirlos era suficiente –les daba, supongo, la ilusión de que estaban gastando dinero de verdad.
Como muchas librerías de segunda teníamos varios frentes. Vendíamos, por ejemplo, máquinas de escribir de segunda, también estampillas, -estampillas usadas quiero decir-. Los coleccionistas de estampillas son una raza extraña, silenciosa, parecida a un pez, de todas las edades pero sólo del sexo masculino. Aparentemente las mujeres son incapaces de encontrar el peculiar encanto de pegar papelitos de colores en un álbum. También vendíamos horóscopos de seis centavos compilados por una persona que había predicho el terremoto de Japón. Venían en sobres cerrados, yo jamás abrí uno de ellos, pero las personas que los compraban venían con frecuencia a contarnos que tan “acertados” habían resultado sus horóscopos. (Sin duda cualquier horóscopo resulta “acertado” si le dice a uno que es altamente atractivo al sexo opuesto y si su peor falta es la generosidad). Hicimos un buen negocio con los libros infantiles, principalmente con los “saldos”. Los libros modernos para niños son horrendos, especialmente cuando uno los mira en masa. Personalmente le daría primero a un niño una copia de Petronius Arbiter que Peter Pan, pero incluso Barry parece íntegro y varonil comparado con sus últimos imitadores. En navidad gastamos diez días febriles lidiando con las tarjetas de navidad y los calendarios, que son cosas aburridas de vender pero que son buen negocio mientras dura la época. Me solía interesar el cinismo brutal con que se explotaba el sentimiento cristiano. Los promocionales de las tarjetas navideñas venían con sus catálogos desde junio. Una frase, de una de sus facturas, se quedó en mi memoria. Era así: “Para hacer. Niño Jesús con conejos”.
Pero nuestro principal frente era nuestra biblioteca de préstamos –la usual bibliotecas de “dos centavos sin depósito” de quinientos o seiscientos volúmenes, todos de ficción. ¡Los ladrones de libros debieron adorarlas! Es el crimen más fácil del mundo prestar un libro en una de estas bibliotecas de dos centavos, remover el sello y venderlo a otra tienda por un shilling. Sin embargo los vendedores de libros generalmente encontraban que les servía mejor un cierto número de libros robados (solíamos perder una docena al mes) que espantar a los clientes pidiéndoles un depósito.
Nuestra librería quedaba exactamente en el paso de Hampstead y Camden Town, y éramos visitados por todo tipo de personas, de barones a conductores de bus. Probablemente nuestros subscritores de la biblioteca eran una porción trasversal del público lector de Londres. Por lo tanto es conveniente notar que el que más “salía” de todos los autores era ¿Priestley? ¿Hemingway? ¿Walpole? ¿Wodehouse? No, Ethel M. Dell, con Warwick Deeping en un segundo puesto y Jeffery Farol, me atrevería a decir, en un tercero. Las novelas de Dell, desde luego, son leídas únicamente por mujeres, pero por mujeres de todos los tipos y edades y no, uno podía esperar, por las solteronas y las gordas esposas de los tabaqueros. No es cierto que los hombres no lean novelas, pero es cierto que evitan ramas completas de la ficción. En términos generales, lo que uno llamaría la novela promedio –la ordinaria, regular, la cosa aguada de Galsworthy que es la norma de la novela Inglesa –parece existir solamente para las mujeres. Los hombres leen o las novelas que es posible respetar o las historias detectivescas. El consumo de estas resulta excepcional. Por lo que supe uno de nuestros subscriptores leía cuatro o cinco cada semana durante un año, además de las que conseguía en otra biblioteca. Lo que más me sorprendía era que jamás leía el mismo libro dos veces. Aparentemente la totalidad de este torrente estremecedor de basura (calculé que las páginas leídas durante un año cubrirían las tres cuartas partes de un acre) era conservado para siempre en su memoria. No le importaban los autores o los títulos, pero con tan solo echarle un vistazo al libro podía saber si “ya la tenía”
En una biblioteca de préstamo uno ve el verdadero gusto de las personas, no el que pretenden, y una cosa que asombra es como los novelistas “clásicos” ingleses perdieron esa predilección. Resulta sencillamente inútil dejar a Dickens, Thackeray, Jane Austen, Trollope, etcétera, en la sección ordinaria de préstamos, nadie los toma. Con tan solo mirar una novela del siglo XIX la gente exclama “¡Oh, pero eso es viejo!” y se espantan inmediatamente. Sin embargo es más sencillo vender Dickens, tanto como siempre será fácil vender Shakespeare. Dickens es uno de esos autores que la gente “siempre quiere” leer y, como la Biblia, es ampliamente conocido indirectamente. Las personas saben de oídas que Bill Sikes era un pillo y que el señor Micawber tenía una cabeza calva, tanto como saben de oídas que Moisés fue encontrado en un cesto de juncos y vio las “partes de atrás” del Señor. Otra cosa notable es la creciente impopularidad de los libros americanos. Y otra –los editores se preocupan por esto cada dos o tres años- es la impopularidad de los libros de cuentos. El tipo de persona que le pide a un librero que le recomiende un libro casi siempre comienza diciendo “No quiero libros de cuentos”, o “No deseo historias cortas” como un cliente alemán nuestro solía decir. Si uno pregunta ¿Por qué? A veces le dicen que es mucho trabajo acostumbrarse a un nuevo grupo de personajes por cada cuento; prefieren “meterse” a una novela que no le demande mayor pensamiento después del primer capítulo. Yo creo, sin embargo, que los escritores tienen más culpa aquí que los lectores. Buena parte de los cuentos modernos, ingleses y americanos, son declaradamente pobres y lánguidos, mucho más que la mayoría de novelas. Los cuentos que son cuentos son lo suficientemente populares, por ejemplo los de D.H Lawrence, cuyos relatos son tan populares como sus novelas.
¿Me gustaría ser un librero de métier? En general –a pesar de la amabilidad de mi jefe y de algunos días alegres que pasé en la librería- no.
Con buen tino y la cantidad apropiada de dinero, cualquier persona educada sería capaz de mantenerse con una librería. A menos que uno vaya por los libros “raros” no es un negocio difícil de aprender, y uno comienza con una gran ventaja si no sabe nada acerca del interior de los libros (Muchos vendedores no saben. Con tan solo mirar los papeles donde escriben lo que buscan uno se hace a una idea. Si usted no ve un anuncio para “La Decadencia y Caída” de Boswell, es muy seguro que vea uno para “El Molino del Floss” de T.S Eliot.) Además es un negocio que no es capaz de vulgarizarse más allá de cierto punto. Las asociaciones jamás sacaran al pequeño librero independiente como sí lo hicieron con la tienda de abarrotes y con el lechero. Pero las horas de trabajo son muy largas –Yo trabajaba medio tiempo, pero mi jefe me dejó una semana de 70 horas, aparte de las constantes expediciones que tardaban horas para comprar libros- además es una vida poco saludable. Como regla una librería es horriblemente fría en invierno, porque si está muy caliente las ventanas quedan empañadas y la librería vive de sus ventanas. Y los libros producen y acumulan más polvo que cualquier clase de objeto que se haya inventado, además la parte superior del libro es el lugar donde las moscas prefieren morir.
Pero la verdadera razón por la que no debería dedicarme al negocio de las librerías es que mientras estuve perdí mi amor por los libros. Un vendedor de libros tiene que mentir sobre los libros, y eso produce un mal sabor de boca. Todavía peor es el hecho de que constantemente está limpiándolos y moviéndolos de aquí para allá. Hubo un tiempo en que yo realmente amaba a los libros –amaba la sola vista y el aroma y tocarlos, quiero decir, al menos si tenían cincuenta o más años. Nada me gustaba más que comprar un lote por un shilling en una subasta pública. Hay un sabor peculiar acerca de los libros inesperados y maltratados que se encuentran en ese tipo de colección: poetas menores del siglo XVIII, revistas viejas, extraños volúmenes de novelas olvidadas, magacines empastados de revistas femeninas de los sesentas. Para la lectura casual –en el baño, por ejemplo, o tarde en la noche cuando se está muy cansando para ir a la cama o en ese particular cuarto de hora antes de la cena- no hay nada como llegar a la última página de “Girl´s Own Paper”. Pero tan pronto comencé a trabajar en una librería dejé de comprar libros. Mirarlos en masa, cinco y diez mil al tiempo, los libros resultaban aburridos y un poco repugnantes. Ahora compro uno ocasionalmente y nunca compro basura. Ya no me atrae el dulce aroma del papel deshaciéndose. En mi mente quedó muy asociado con los clientes paranoicos y las moscas muertas