¿Qué hay sin la escritura? ¿Qué hay sin el libro? Mucho

Los grandes avances tecnológicos no solo han renovado nuestro presente, sino que han dado un giro de tuerca a la manera en que organizamos el pasado. Una de las transformaciones más bruscas es la escritura, su desarrollo es considerado tan magistral que su sola presencia ya determina el inicio de la historia. La exaltación al libro está a la orden del día y no hace falta una celebración más. Hubo detractores. Sócrates consideró que la palabra escrita entorpecería la habilidad del desarrollo filosófico, a su parecer propio del diálogo. Con la aparición de la imprenta los memoristas del renacimiento advirtieron que sus habilidades quedarían en el olvido gradualmente y así fue. Hubo consideraciones de orden político, que barajaron los argumentos de la imperativa necesidad del control. Pensemos solamente en los segundos.

 

Los estudios convencionales de las civilizaciones consideran que el elemento fundacional es la escritura. La escritura permite la precisión de la memoria generacional. La escritura responde y contribuye a una administración social más compleja. Suyos son los logros más renombrados de una civilización, desde un código de leyes hasta un puñado de versos. Sin embargo, en estas observaciones se parte de una premisa: las limitaciones atormentan de manera insalvable la memoria. Las sociedades que no desarrollaron la escritura viven en un encierro. Esto no es verdad. La historia de la nemotecnia en occidente parte con Simónides de Ceos (556-468 A.C), en un entorno donde la escritura ganaba más fuerza, pero la circulación del libro era muy limitada. La obra de Lynne Kelly (1951- ) examinó estos recursos en comunidades donde solo se ha manejado la oralidad y los resultados fueron… enciclopédicos. La comprensión de los métodos de la nemotecnia ha estado en el corazón de las diferentes culturas a lo largo del globo, desde los aborígenes australianos hasta los navajos. Los cantos, los tótems, los mitos, los bailes, los rituales, cada uno de los elementos están articulados en una relación con su entorno, pero también como una forma de preservar la sabiduría, en sus diferentes dimensiones, ya sea la relación con las deidades o el uso medicinal de una planta.

 

Semejante pedagogía es un triunfo. Autores como Wade Davis y Jared Diamond han corregido de manera parcial el ordinario desdén con que se ha recibido. Más inquietante es Lynne Kelly, que han ahondado en estas técnicas de la única manera posible: aprendiéndolas. Los tótems no solo representan el rostro del dios, constituyen, además, mecanismos exquisitos del recuerdo.

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