De la sencillez y la sofisticación en la escritura

Por David Hume

 

La excelente escritura, según Addison, consiste en sentimientos que sean naturales sin que sean obvios. No puede existir una definición más justa y concisa al respecto.

 

Los sentimientos que son únicamente naturales no afectan a la mente con agrado, y parecen desmerecer nuestra atención. Las bromas de un barquero, las observaciones de un campesino, la procacidad de un portero o de un conductor de coche de alquiler, todas éstas son naturales y desagradables. ¿Qué comedia insípida haríamos de las habladurías de la mesa de té, transcritas fielmente y en toda su extensión? Nada puede agradar a las personas de gusto salvo la naturaleza llevada con todos sus encantos y ornamentos, la belle nature. O, si copiamos la vida ordinaria, las pinceladas deben ser prominentes y fuertes, y deben transmitir a la mente una imagen vívida. La absurda ingenuidad de Sancho Panza es representada en colores tan inigualables por Cervantes, que entretiene tanto como la imagen del más magnánimo de los héroes o del más tierno de los amantes.

 

Lo mismo sucede con los oradores, filósofos, críticos, o cualquier otro autor que hable en su propia persona, sin introducir otros actores o interlocutores. Si su lenguaje no es elegante, si sus observaciones no son inusuales, si su sentido no es fuerte y masculino, en vano presumirá naturalidad y sencillez. Tal vez acierte, pero jamás será agradable. Es tal la infelicidad de estos autores, que nunca son censurados o culpados. La buenaventura de un libro y la de un hombre son diferentes. El camino secreto y engañoso de la vida, del cual habla Horacio, fallentis semita vitae, puede ser el destino más feliz de uno, pero también la peor desgracia en que otro pueda caer.

 

De otro lado, las obras que únicamente son sorpresivas, sin ser naturales, jamás procurarán un entretenimiento duradero a la mente. Trazar quimeras no es, hablando propiamente, copiar o imitar. La precisión de la representación se pierde, y la mente se incomoda al hallar una imagen que no guarda alguna semejanza con un original. Tampoco las sutilezas excesivas son más agradables en el estilo epistolar o filosófico que en el épico o el trágico. Demasiado ornamento en cualquier tipo de obra es un error. Las expresiones inusuales, los destellos enceguecedores de ingenio, las sonrisas puntiagudas y los giros epigramáticos, especialmente cuando aparecen con mucha frecuencia, en lugar de embellecer desfiguran el discurso. Así como el ojo al divisar una construcción Gótica se distrae por la multiplicidad de ornamentos, y por la atención minuciosa a las partes pierde el todo, así la mente, al recorrer una obra llena de ingenio, es agotada e irritada con el constante empeño del brillo y de la sorpresa. Esto sucede cuando el escritor abunda en ingenio, incluso aunque en sí mismo ese ingenio sea justo y agradable. Suele ocurrir que estos escritores buscan sus ornamentos predilectos, incluso cuando el tema no los permite, y de ese modo tenemos veinte tropos insípidos por un pensamiento realmente hermoso.

 

No hay tema más tratado en la crítica académica que el de la justa medida entre la sencillez y la sofisticación en la escritura; por consiguiente, para no zozobrar en un campo tan vasto, me limitaré a realizar algunas observaciones al respecto.

 

  1. Considero, que aunque los excesos deben ser evitados y el justo medio debe conducir toda producción, éste no se encuentra en un punto sino que admite una latitud considerable. Pensemos, por ejemplo, en la amplia distancia entre Pope y Lucrecio. Parecieran encontrarse en los extremos opuestos de la sofisticación y la sencillez, en los que un poeta pudiera indultarse sin incurrir en ningún reprochable exceso. Todo este intervalo puede llenarse con poetas que difieran uno del otro, sin dejar de ser igualmente admirables, cada uno en su estilo y manera particular. Corneille y Congreve llevan su ingenio y sofisticación más allá que Pope (si poetas tan diferentes pueden compararse juntos), y Terencio y Sófocles, más simples que Lucrecio, parecieran estar alejados de ese medio en el cual se encuentran las producciones más perfectas, y ser culpables de cualquier exceso en estos caracteres contrarios. De todos los grandes poetas, Virgilio y Racine, en mi opinión, se encuentran más cerca al centro y son los más alejados de ambos extremos.
  2. Sobre este tema considero lo siguiente: resulta muy difícil, si no imposible, explicar con palabras donde se encuentra el justo medio entre el exceso de sencillez y sofisticación, o pronunciar alguna regla por la que sepamos con precisión los límites entre el error y la belleza. Un crítico no sólo puede discurrir sobre el tema juiciosamente sin instruir a sus lectores, sino que incluso sin entenderlo perfectamente. No existe una mejor pieza de crítica que la “Disertación sobre las bucólicas” de Fontenelle, donde a partir de un número de reflexiones y de razonamientos filosóficos, el autor se empeña en fijar el punto medio apropiado para este tipo de escritura. Pero dejemos que alguien lea sus bucólicas y quedará convencido de que a pesar de sus acertados razonamientos, este esmerado crítico tiene un gusto falso, y ubicó el punto de la perfección mucho más cerca del extremo de la sofisticación que aquel que permite la poesía bucólica. Los sentimientos de sus pastores corresponden mejor a los toilettes de Paris que a los bosques de Arcadia. Pero resulta imposible descubrir esto en sus razonamientos críticos. Él censura todo ornamento y la excesiva pintura, así como Virgilio lo hubiera hecho de haber escrito una disertación sobre esta clase de poesía. A pesar de los diversos gustos de los hombres, sobre este tema su discurso general comúnmente es el mismo. Ninguna crítica puede ser instructiva a menos que descienda a los particulares y esté llena de ejemplos e ilustraciones. Desde cualquier punto de vista la belleza como la virtud siempre ocupa el medio, pero dónde se encuentra éste es una gran pregunta, que con razonamientos generales nunca puede explicarse a cabalidad.
  • Sobre este tema estableceré lo siguiente, debemos ser más precavidos respecto al exceso de sofisticación que al exceso de sencillez, ya que el primero no sólo es menos hermoso, sino más peligroso que el segundo.

Es una regla cierta: el ingenio y la pasión son enteramente incompatibles. Cuando las emociones son afectadas no hay lugar para la imaginación. Siendo la mente por naturaleza limitada, resulta imposible que todas sus facultades puedan actuar al mismo tiempo: mientras más predomina una, las demás tienen menos espacio para emplear su vigor. Por esta razón, en todas las composiciones se requiere una mayor sencillez, donde los hombres, las acciones y las pasiones, sean trazadas a partir de la observación y la reflexión. Y, ya que este tipo de escritura es más cautivador y hermoso, podemos apoyarnos con seguridad en el hecho de preferir el exceso de sencillez en lugar del exceso de sofisticación.

 

 

         También podemos notar que aquellas composiciones que leemos con más frecuencia, y que cualquier hombre de gusto guarda en su memoria, cuentan con el aval de la sencillez, y que en el pensamiento no tienen sorpresa alguna cuando están vestidas con la elegancia de la expresión y la simetría. Si el mérito de una obra yace en el punto del ingenio, en un principio podrá sorprender, pero en el segundo intento el pensamiento se anticipará y no será sorprendido de nuevo. Cuando leo un epigrama de Marcial la primera línea evoca todo; no encuentro placer alguno en repetir lo que ya sé. Sin embargo, cada línea y cada palabra de Catulo tiene su mérito; nunca me canso de leerlo. Resulta suficiente darle una rápida ojeada a Cowley; pero Parnel, después de la quinta lectura, está tan fresco como al principio. Además, con los libros sucede lo mismo que con las mujeres, donde la sencillez del comportamiento y del vestido comprometen más que el brillo del maquillaje, las pretensiones y los adornos, que confunden tal vez al ojo, pero que dejan intactas las emociones. La belleza de Terencio es tímida y modesta, le otorgamos todo porque no asume nada, su naturalidad y pureza hacen que un pensamiento perdurable no tenga una impresión violenta en nosotros.

 

         Así como es el menos hermoso, la sofisticación es el extremo más peligroso y en el cual estamos más prestos a caer. Cuando no está acompañado con gran elegancia y seguridad, la sencillez pasa por aburrida. Por el contrario, existe algo sorprendente en el destello del ingenio y la vanidad. Los lectores ordinarios la admiran fuertemente e imaginan con error que es el mejor y más difícil modo de escribir. Séneca abunda en faltas agradables, dice Quintiliano, abundant dulcibus vitiis; y por esta razón este extremo es el más peligroso y el más apto para corromper el gusto del joven y del desconsiderado.

 

         Debo añadir que ahora más que nunca debemos estar prevenidos contra el exceso de sofisticación. Después de que el conocimiento ha hecho algún progreso, y después de que han surgido escritores eminentes en todo tipo de composiciones, los hombres están más propensos a caer en este extremo. El esfuerzo de agradar por novedad los conduce lejos de la naturalidad y la sencillez, y llena su escritura de vanidad y artificialidad. Así ocurrió cuando la elocuencia Asiática degeneró tanto de la Ática: así fue que la época de Nerón y Claudio se volvió tan inferior a la de Augusto tanto en el juicio como en el genio. Y tal vez, exista ahora un síntoma similar de corrupción del gusto tanto en Francia como en Inglaterra.

 

 

En   Selected English Essays. London, Grant Richards, 1903

Traducción: Fernando Galindo Gordillo. 2005

Facebook
Twitter
LinkedIn

Recuerda que puedes pagar tus cursos por

300 642 28 50

Una vez realices el pago, compárteme el comprobante por WhastApp

Para pagos PayPal escríbeme al correo: contacto@fernandogalindo.co o a mi WhatsApp.