Los dilemas de la bomba atómica
Sobre «Oppenheimer»
(primera parte)
Según el director Christopher Nolan, Oppenheimer es uno de los personajes más importantes de la historia. Dada la magnitud del primer ataque nuclear la exageración es comprensible. Desde el fatídico agosto el mundo no fue el mismo.
Después de la división del átomo era claro que la tecnología sería empleada en armamento. El primer dilema, y la película lo enseña a la perfección, consistió en adelantarse a los nazis. El afán era razonable. Durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial los ejércitos de Hitler resultaron imbatibles. El desarrollo tecnológico fue un componente crucial en estos primeros triunfos. Entre que los nazis y sus científicos desarrollaran la bomba y que los aliados la crearan primero, el dilema fue sencillo. El grado de la amenaza no daba lugar a titubeos. Había que desarrollar la bomba.
La guerra siguió su curso. El proyecto Manhattan contó con el apoyo financiero y con la suficiente logística para coordinar distintos frentes. La película alcanzó uno de sus mayores triunfos mostrando esto, pero dejó de lado el hecho de que la guerra había cambiado. Después de la fracasada invasión a la URSS, la Alemania nazi ya no constituía la amenaza del principio. Y Japón, que en un abrir y cerrar de ojos desató una tormenta en el Pacífico, fue atacado con una severidad extraordinaria. En 1944 ni Alemania ni Japón se rendían, pero estaban lejos de constituir una amenaza. El segundo dilema es el siguiente: en ese momento de la guerra (finales de 1944), ¿valía la pena continuar con el proyecto? La retórica convencional es clara: sí.
Sí, porque a pesar de las continuas derrotas y el ataque a sus principales ciudades, Japón no se había rendido; sí, porque en términos de víctimas y recursos resultaba preferible un ataque nuclear a una invasión completa por tierra. Sí, a pesar de que había un margen de posibilidad de que la explosión fuera distinta a la esperada. Sobre los efectos posteriores de la radiación o no se tuvieron en cuenta o no importaron o no se pensó. Uno de los físicos que aparece en Oppenheimer, Leó Szilárd (1898-1964), propuso que se detonara la bomba en territorio desértico cerca del Japón, con la esperanza de que semejante exhibición de fuerza produjera la rendición. No fue escuchado. Otro científico, que también participó en el proyecto Manhattan, Józef Rotblat (1908-2005), decidió hacerse a un lado por consideraciones éticas. No importó. No se detonó una, sino dos bombas. La retórica tradicional justificó el proceder: se lanzaron dos para que los japoneses entendieran que podían lanzarse más. En algunos portavoces la retórica alcanzó otra altura: las bombas atómicas fueron atroces, pero evitaron una tragedia peor.
La bomba de Hiroshima no alcanzó todo su poderío. La tragedia tendría que haber sido sustancialmente mayor. Uno de los ejes de la película es la distancia entre la teoría y la práctica, pero cuando el protagonista está delante de las fotografías de la tragedia, rehúsa ver el último eslabón de lo práctico de su proyecto. Desde ese momento la trama política gana fuerza. Pero no se dice ni se muestra que EE. UU. envió un cuerpo médico a las ciudades japonesas no para ayudar, sino para evaluar los efectos de la bomba en las víctimas. Nada se habla ni se muestra sobre el destino de los sobrevivientes, tampoco parece interesar la pregunta sobre quién atendería una oleada de heridos de tal magnitud en un país que ya estaba en ruinas.
Los científicos del proyecto Manhattan desarrollaron la peor arma de la historia y la entregaron a las deliberaciones de la política, donde el principal dilema fue cuál sería la ciudad objetivo, no si era razonable detonarla en un pueblo vencido que sufría los rigores de los ataques y la escasez. Que Harry Truman, la cúpula militar y los demás asesores no fueran éticos no es noticia, pero que la mayoría de los científicos del proyecto hayan confiado en que serían tenidos en cuenta en las deliberaciones y que hayan continuado con un proyecto donde se sospechaba la atrocidad que iba a suceder, resulta diferente. Del político es normal asumir su falta de escrúpulos; del científico, en cambio, el sentido común quisiera pensar diferente.
Las noticias de lo que verdaderamente sucedió en Hiroshima fueron censuradas durante un tiempo, hasta que la magnitud de los eventos salió a la luz, en especial por la obra periodística de John Hersey. Ya la tragedia había ocurrido, ¿cuál era el curso de acción sensato en estas circunstancias? Después del fin de la guerra, aparecieron nuevas instituciones y una serie de acuerdos internacionales. Józef Rotblat, el mismo científico que se distanció del proyecto y que más adelante fue acusado de comunista, defendió el siguiente compromiso: detener al menos durante dos décadas las investigaciones en este campo, específicamente en lo militar. Esto parecía la respuesta más humana frente a lo que había ocurrido. Pero la respuesta más humana, demasiado humana, fue la que ocurrió. Las investigaciones continuaron. La tecnología avanzó. La URSS desarrolló la bomba. EE. UU. fabricó una peor.


