Los dilemas de la bomba atómica (segunda parte) 

Al lado izquierdo, Oppenheimer; al derecho, Józef Rotblat

Después de la Segunda Guerra Mundial, qué cobró la vida de más de cincuenta millones de personas (y sobre estas cifras las controversias no son menores), la respuesta de las dos potencias ganadoras fue armarse hasta los dientes, por supuesto con la tecnología más atroz. La retórica añadió otro capítulo: estas armas serían de disuasión, no eran para ser detonadas, sino para que el enemigo se abstuviera de propiciar un conflicto. Siguiendo la lógica del gran hermano el argumento es así: mientras más armas nucleares, más paz. Esta línea argumentativa también aparece en la película.

En la década de los cincuenta, en el atolón Bikini, cerca de Japón, EE. UU. realizó la primera prueba de una bomba de hidrógeno. Si la bomba de Hiroshima había fallado al no desplegar todo su poder, la nueva falló al contrario. Las anticipaciones fueron vanas: el viento siguió una dirección distinta a la esperada, la lluvia radiactiva llegó a diferentes islotes aledaños y afectó a un barco pesquero japonés. Cuando aparecieron las estadísticas de la prueba, EE. UU. quiso maquillar la magnitud del error, léase: que se maquille la crueldad con precisión, pero que no se delate la torpeza. Józef Blotrat los desmintió.

Después de recibir el Premio Nobel de Literatura, Bertrand Russell (1872-1970), uno de los mayores pensadores del siglo pasado, se dedicó a impulsar el desarme nuclear. Era claro que la inercia de la guerra fría no se detendría y que serían más los países que entrarían a la era del armamento nuclear. No era suficiente que un país se desarmara, todos tendrían que hacerlo. Russell escribió cartas abiertas a Eisenhower y a Kruschev. Fue presidente de la fundación Pugwash, responsable por discutir el papel ético de la ciencia en el desarrollo de la sociedad. Y, con más de ochenta años, fue protagonista de numerosas manifestaciones. Russell escribió una declaración que firmaron varios intelectuales, entre ellos Albert Einstein y, el más joven de los firmantes, Józef Rotblat, donde se advirtió el peligro que corre la humanidad. El texto termina así:

“Como humano llamo a los demás seres humanos: recuerda tu humanidad y olvida el resto. Si eres capaz, el camino está libre a un nuevo paraíso; si no lo consigues, nada hay frente a ti sino la muerte universal”.

Estas mismas palabras las pronunció Rotblat al ser galardonado con el Premio Nobel de Paz en 1995.

Después de la guerra fría, el armamento nuclear, como la principal amenaza del mundo, pasó a segundo plato. Pero no por olvidarlo ha desaparecido. Alguien podría argumentar que era ese el principal momento para implementar la solución al problema. El premio nobel de paz y dos veces presidente de los EE. UU., Barack Obama, se esmeró por el desarme nuclear, incluso fue el primer presidente en oficio que viajó a Hiroshima, pero no pidió perdón por el proceder de su país. Sus propuestas no se materializaron y peor todavía: los acuerdos que limitaban la elaboración de este armamento vencieron. Para las potencias la principal cuestión hoy es renovar la tecnología. La historia del armamento nuclear no trata solo de nuevas invenciones, también han sucedido más de treinta eventos donde se han extraviado o se han lanzado armas nucleares por accidente, por fortuna, y nunca la palabra es menos cliché, no han explotado[1].    

Tal vez el padre de la bomba atómica abrió una nueva era en la historia, pero mientras la humanidad no tenga la determinación para liberarse de sus usos bélicos, la amenaza de que la era atómica sea la última de la humanidad está latente, a la espera del menor descuido o de una oportunidad.

[1] Este artículo de la BBC deja los pelos de punta: https://www.bbc.com/mundo/vert-fut-62471750

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