Leerse una enciclopedia universal, de la A a la Z

La historia de los grandes escritores y de sus obras constituye uno de los temas predilectos de cualquier amante de la Literatura Universal, existe sin embargo un universo diferente que no queda tan lejos y que encierra otros misterios, hablo de los grandes lectores que despiertan la envidia, la admiración, incluso la incredulidad. Pareciera simple tomar unas cuantas páginas y leer: el pistoletazo de salida es claro, pero el de llegada, no. Está Fernando Pessoa, que durante una época de su vida se leía un libro diario; está Isaac Asimov, que confiesa haberse leído veinticuatro veces Los papeles Pickwick; está Cioran, que dice haberse leído todo Dostoyevski cinco veces; y está Germán Arciniegas, que se acostumbró a leer el Quijoteuna vez por década, ¿lo habrá leído nueve o diez veces? La verdad no lo sé.

Los grandes escritores casi siempre resultan grandes lectores, pero esto no quiere decir que todo gran lector caiga en las tentaciones de la escritura. Hay grandes lectores que van por la vida leyendo libros con una voracidad pantagruélica, eso es verdad, pero más allá de si son escritores o no existe un grupo menor que simplemente me deja boquiabierto. Yo he conocido grandes lectores en mi vida que han cumplido hazañas que dejarían pasmada a cualquier audiencia. Como lector he querido tomarme una fotografía con algunos libros y dejarla en mi estudio, a la manera de una medalla dorada que celebra una maratón, pero no lo he hecho, de pronto porque en el fondo sé que esa medalla únicamente la ganaría quien cumpliera la gesta más descabellada y asombrosa de todas: leerse una enciclopedia universal de la A a la Z.

Mientras su padre consultaba obras de psicología, Borges tomaba alguno de los tomos de la Enciclopedia Británica y se entregaba a la lectura. El tomo de la “Dr” encerraba, nos dice, lecciones importantes: Druidas, Drusos, Dryden, etc. Borges escribió un cuento sobre una enciclopedia imaginaria “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Participó en la “Enciclopedia Jackson” con la entrada sobre “Literatura Portuguesa”. Y no siendo esto suficiente, tuvo la responsabilidad de escribir su propia entrada (con erratas y todo) para una enciclopedia del futuro, que el lector juicioso encontrará al final de sus obras completas. A pesar de ser un lector frecuente de las enciclopedias en diferentes idiomas y tener incluso la Enciclopedia Británica de 1911 (que a su juicio era la mejor)[i], Borges no emprendió la tarea de leérsela entera. Uno de sus amores literarios más profundos sí lo hizo, George Bernard Shaw.

En la década de 1880, en la sala de lectura del Museo Británico, Shaw le quitó las riendas a su curiosidad para que devorara cuanto libro se cruzara a su paso: libros de poesía, historia, filosofía, crítica literaria, política, alimentación, sociología, religión. Llegó a sacar trescientos libros en préstamo. Y emprendió la tarea de leerse la Enciclopedia Británica, cuya edición de 1870 alcanzaba los 24 tomos sin el índice. Pero hizo trampa[ii]. No leyó los artículos sobre ciencia. Y es que la dificultad de esta empresa es la profunda aridez de los temas: está el artículo de Dickens que escribió Chesterton, pero también los artículos sobre los pueblos más remotos de noruega; está los artículos de De Quincey sobre Coleridge, pero también la historia sobre el pueblo que vive en el desierto Nubio y que se consideraba descendiente de los genios de las Mil y una Noches (ese sí es interesante, la entrada se llama “Ababda”: aparece en la Británica del 1954, pero extrañamente no en la del 2015). Están los artículos sobre las enfermedades, las partes de la célula, la economía de Surinam, las canciones filipinas, los ríos de Malasia, los ministros de guerra de Luis XVI, los transistores, los rituales, las comadrejas… Habrá piezas que tocan la curiosidad del lector, otras caerán en un simple etc., el más largo etcétera que cualquiera pueda imaginar.

Pero el selecto grupo de lectores de la Enciclopedia Británica no termina con Shaw. Existen lectores que no son muy conocidos. Un arquitecto de San Francisco, Lloyd Conrich, la leyó entera durante diecisiete años y se llevó innumerables sorpresas (los 150.000 músculos de la trompa de un elefante, por ejemplo)[iii]. Un ministro retirado, George Roberts, la leyó en tres años, pero le costó un trabajo considerable los artículos sobre ciencia, como a Shaw[iv]. Otros lectores son más conocidos. Está A.J Jacobs, que escribió un libro encantador de su experiencia leyendo la Británica: The Know-it all (2004). En entrevistas Elon Musk dice haberla leído y, en una entrada de Wikipedia sobre el libro de A.J Jacobs, se dice que Bill Gates leyó los veintidós tomos de la World Book Encyclopedia. Se cuenta que Richard Feynman, el premio nobel de física de 1965, una de las mentes más brillantes que ha cruzado este planeta, además de hablar japonés, ser percusionista, pintor y experto en encontrar las claves de las cajas fuertes, también la leyó. Su relación con la enciclopedia es famosa. Uno de sus artículos más populares discute la posibilidad de imprimirla en la cabeza de un alfiler. La hazaña, en esa época, parecía imposible.

Es una verdadera lástima que la Enciclopedia Británica no tenga una entrada enumerando las proezas de estos lectores, peor aún que su némesis, Wikipedia, sí cuente con estas referencias en varios artículos. Hay una referencia que me inquieta, la de dos personas que presuntamente la leyeron completa… dos veces: C.S Forester, famoso escritor inglés, autor del libro La reina africana, del cual se filmó una película, y el negociante norteamericano Amos Urban Shirk (1890-1956), cuya entrada en Wikipedia (y no tiene entrada en la Británica) dice que leyó dos ediciones completas de la gran enciclopedia, que a su juicio mostraban una reescritura casi general[v]. Para sofisticaciones intelectuales, esta.

Bien valdría investigar los lectores de las demás enciclopedias del mundo, no me queda duda de que en la red se encontrarán otras hazañas que producirán el desconcierto o la admiración de cualquiera. La Enciclopedia Británica fue la obra por excelencia que mantuvo el aura de ser la suma del conocimiento humano, al menos en inglés. En español quien se lleva ese título es la Enciclopedia Espasa, con sus más de setenta tomos, en las ediciones más populares que todavía habitan las viejas bibliotecas. ¿Habrá lectores para esta? Encontré al menos una historia, un lector en Colombia.

Corrían los años veinte y César Ochoa fue ascendido a juez de un pueblo de Bolívar, un departamento al norte del país. Uno de sus amigos le prometió enviarle la obra completa de Alejandro Dumas y en lugar de la historia de D’Artagnan y compañía, las cajas que llegaron traían los tomos de la Enciclopedia Espasa, cada uno con más de 1.500 páginas. En semejante empresa el diseño y el estilo son importantes. En eso la Británica ha sido superior; la Espasa, en su versión tradicional, espanta por el tamaño de la fuente y el peso de los libros. Pero César Ochoa se dio a la tarea: y después de pasar los artículos sobre la electricidad y la elefantiasis, después de cambiar de domicilio, en medio de la salud y la enfermedad, durante 29 años, leyó los 70 tomos[vi].

La mayoría de las personas piensa en el olvido, cuánto se pierde, cuánto se conserva, cuánto aparecerá en uno de esos fogonazos de la memoria, en esa extraña sospecha de haber leído algo al respecto, en algún lugar. Me sorprende la disciplina, la fortaleza de estos lectores, el diálogo interno para encontrar motivación y continuar leyendo entrada tras entrada sobre poetas lituanos, astrónomos neuróticos, presidentes guatemaltecos, seguidores de Averroes, partículas subatómicas, pueblos nigerianos, etc. Me imagino que nadie preguntará por cuán absurdo es subir al Everest si de cualquier manera hay que bajar. Pero tanto los alpinistas como estos lectores tuvieron un momento triunfal: haber ascendido a la cima más alta de la tierra o haber pasado, brevemente, por la suma del conocimiento humano. Más adelante ocurre el descenso, el olvido, los recuerdos dispersos del paisaje bajo sus pies, los recuerdos dispersos de las civilizaciones en sus manos.

[i] Aquí puedes encontrar la Enciclopedia Británica de 1911. https://en.wikisource.org/wiki/1911_Encyclop%C3%A6dia_Britannica  y si quieres leer algunas entradas en español aquí las encuentras https://britannicaespanol.wordpress.com/presentacion/

[ii] Las referencias de la formación de Shaw las encontré en “Bernard Shaw” de Michael Holroyd.

[iii] Ver la entrada de Elefante en la Enciclopedia Británica. Encontré varias cifras al respecto, pero vamos a confiar en la gran enciclopedia. https://www.britannica.com/animal/elephant-mammal

[iv] Estas referencias las encuentras en “The great Eb” de Herman Kogan, editado por la Universidad de Chicago.

[v] Más información sobre este tema y los demás lectores la encontrarás aquí. He de advertir: en otros lugares se dice que Forester la leyó dos veces y, en esta entrada, se habla de tres. No lo creo. Algún día tendré la autobiografía de este escritor para confirmar, pero… no, insisto. Son casi 44 millones de palabras… https://www.laphamsquarterly.org/roundtable/encyclopedia-hounds

[vi] https://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-4288459

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