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El Japón y el cristianismo
Durante la Segunda Guerra Mundial la comunidad cristiana del Japón fue vista con recelo. ¿Cómo era posible que en la tierra del sol naciente se profesara la enseñanza de Jesús? ¿No era el emperador el fundamento del sintoísmo? Las autoridades sospecharon traición e incluso tomaron represalias. En el archipiélago nipón el cristianismo ha sido una minoría perseguida y narra una larga historia.
En pleno apogeo del Imperio portugués y español los misioneros dejaron sus huellas en el globo entero. En el Japón el primero que llegó fue Francisco Xavier quien desembarcó en Kagoshima el 15 de agosto de 1549. Pronto comenzaron los intentos para evangelizar la corte imperial en Kioto. En 1563 Omura Sumitada, uno de los notables en la provincia de Hizen, se convirtió. Y con esa conversión el cristianismo logró una base importante. En Nagasaki, por ejemplo, como parte de sus dominios, Sumitada obligó la conversión del pueblo entero.
En medio de las guerras civiles y durante la búsqueda de un poder central era claro que el cristianismo era un elemento foráneo y peligroso. Los misioneros pensaron que las banderas de los poderes europeos los protegerían, sin embargo Toyotomi Hideyoshi (1537-1598), el unificador de Japón, lanzó primero advertencias: “Japón es la tierra de los kami”. Más adelante proclamó decretos en contra de las conversiones en masa. Finalmente, en febrero de 1597, mandó crucificar a veintiséis cristianos en Nagasaki.
Desde entonces comenzó la persecución (y las crucifixiones). Se sospechó siempre traición: con el papa los cristianos tenían su lealtad comprometida mientras el japonés jamás podía dividir lo que solo pertenecía al emperador. Durante el período Tokugawa, que mantuvo en aislamiento al Japón, el cristianismo vivió en la clandestinidad hasta mediados del siglo XIX. Después de la Restauración Meiji en 1869 pudieron profesar su credo abiertamente. El recelo regresó, por supuesto, durante el nacionalismo de los treinta y la guerra.