¿La intoxicación del progreso?

 

 

El sueño era al tiempo simple y sofisticado. Si la imprenta en el siglo XV dio un empujón a la circulación de la información en el mundo, Internet le inyectaría esteroides. Los precursores de la red no dudaron en apostar por su causa, el beneficio era claro. Mientras más rápido circulara la información, mejor. Y comenzó la carrera. Más posteos, más tweets, más estados, más noticias, más titulares, más explicaciones, más comentarios, más videos, más opiniones, más artículos, más libros, todo alimenta la mayor enciclopedia imaginada, abierta de par en par a cada instante.

 

Pero la astronómica capacidad de replicar en la red guardaba una sorpresa. Parte esencial de las viejas enciclopedias era el criterio que determinaba cuáles eran los artículos y los temas que debían integrar la siguiente edición. Había un comité editorial que contrastaba la información, verificaba las fuentes, revisaba la correspondencia. Había errores y también un método para combatirlos. Parte fundamental de una enciclopedia era el límite de la información, ya fuera en veinticinco tomos o 40. El problema con la red es precisamente ese. No hay límite.

 

La red es más que una enciclopedia y su capacidad de informar trasciende cualquier límite imaginable. La información vive en una competencia por la viralización, por cómo tocar las fibras precisas para que el efecto de bola de nieve empiece y unas cuantas frases y comentarios y referencias, o unas cuantas confabulaciones, complots y mentiras, se apoderen del horizonte de los buscadores y las redes. La carrera solo tiene ese juez. El viejo comité editorial quedó a un lado. La verdad compite mano a mano con miles de mentiras. ¿Quién podrá seducir más?

 

Unos años antes de la pandemia, el neurólogo Richard Restak señaló este problema. Si a mayor circulación de información se mejoraría la vida de las personas, era claro que se podría trazar una relación entre el mayor uso de Twitter y la vacunación. El resultado arrojó alarma entre la comunidad científica: en los estados donde más proliferaba el uso de esta red, menos vacunación había. Esto fue una señal de alarma para lo que vendría. La viralización del ejército de falsedades tomó la ventaja. El sueño simple y sofisticado dio un viro. Más información no equivale hoy, precisamente, a una mayor calidad de vida, tampoco a un incremento en el conocimiento. Durante siglos se pensó que la verdad era capaz por sí sola de disipar la nube de mentiras. Esto ahora resulta optimista e ingenuo. La velocidad de la información ya no está asociada con el progreso, con cualquier noción de progreso.

 

 

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