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El dilema del inquisidor
Los fundamentos teológicos de la Inquisición no son un misterio. La herejía no era un simple error, sino una amenaza tanto para la comunidad como para el alma del hereje. Quién, sino la Iglesia Católica, era la responsable de cuidar a su rebaño. La Inquisición fue la respuesta que cobró cuerpo desde el siglo XIII. Desde sus inicios era claro que practicar cualquier tortura era un descuido. Era preciso escudriñar quién y cómo debía hacerlo. Tal reflexión no podía abandonar la imagen fundamental: Cristo en la cruz.
Sobre el cuerpo del condenado, la libertad de los torturadores llegaba hasta la sangre. Solo podían desgarrar los miembros en el potro, romper los huesos, quemar los pies o llenarles el estómago de agua, pero nada más. Una cortada corría el riesgo de imitar las heridas del salvador. Ahora, ¿quién se ocuparía de esta tarea? Los verdugos tienen tarifas. Y si un sacerdote los imitaba, pecaba. En 1296 el papa Alejandro IV resolvió el dilema. La tarea necesitaba de dos hermanos en la fe: uno torturaba; el otro absolvía; después cambiaban turnos. De esa manera se abrió camino para la economía de la iglesia, para mantener impoluta el alma del clero y para corregir el error.
Bibliografía: Michael White, “Giordano Bruno, hereje impenitente”.