Los dilemas del estoicismo contemporáneo

 

Pareciera una excentricidad a primera vista pero cuando el humorista Jerry Seinfeld declara que su libro de cabecera son las “Meditaciones” de Marco Aurelio da cuenta del momento particular que vive hoy el estoicismo. Resulta importante preguntarse por qué en medio de la cultura globalizada, de la marcha furibunda del consumismo, súbitamente una de las escuelas de la filosofía helénica está en boca de cientos de personas y sus exponentes son bestsellers. ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué interpretación está prevaleciendo? ¿Qué dice esto de los afanes de nuestro tiempo?

 

Desde su aparición en la época de Alejandro Magno el estoicismo se consolidó como un referente fundamental en la filosofía moral.  Sus enseñanzas estuvieron en el horizonte intelectual de figuras como Boecio y San Agustín en la Edad Media, y de Spinoza, Emerson y Kant en la modernidad. Más allá de que se aceptara integra su filosofía, las palabras sobre el consuelo y las consideraciones sobre el bien resuenan con fuerza en el pensamiento occidental. El estilo de estas obras es culpable de que su influencia haya escapado de la filosofía académica. El diario de Marco Aurelio abre con un espacio para la gratitud. Epicteto no duda en resumir su reflexión en preceptos simples y prácticos. Séneca analiza con gran estilo literario las debilidades más comunes. Como en el caso de su escuela rival, el epicureísmo, en el estoicismo la teoría y la práctica forman un frente indivisible: en este caso en la manera en que el individuo es capaz de convertirse en dueño de sí.

 

Su voz jamás se ha apagado a lo largo del tiempo, pero hoy están en primera fila en el mercado editorial.  ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué interpretación está prevaleciendo? ¿Qué dice esto de los afanes de nuestro tiempo?

Para un puñado de lectores la enorme simulación que alimenta y compone el mercado de la autoayuda se ha mostrado como una estafa. No solo hablo de los seguidores del gurú que corren entre carbones ardientes y, oh sorpresa, terminan quemándose la planta de los pies. No. Hablo además de las fórmulas vacías, de las máximas tontas, de los atajos que prometen la tierra prometida y llevan al desbarrancadero. Hablo de esa pose que minimiza la magnitud del sufrimiento con un puñado de historias cálidas. Hablo de la estrategia común que une a una plenitud prefabricada la revelación empacada al vacío. Algunos lectores seguirán allá, claro, y compraran el último libro del “influencer” que explica su secreto para preparar las lentejas, evitar la caída del cabello, alcanzar el éxito económico, ser “demasiado” espiritual y asegurar de una vez y para siempre la salud y la felicidad; otros lectores consideraran seco este cauce y lo abandonaran con la certeza de que su sed de sabiduría merece una fuente honesta.

 

Esta deserción ha llevado a decenas a buscar al estoicismo. Además, Marco Aurelio no quiere ganar seguidores. Epicteto no insiste en maquillar sus verdades. Séneca escapa sin inmutarse del ámbito de lo políticamente correcto. Esto explica algo de su reciente popularidad.  Pero la mayor parte es su énfasis. El estoico considera que nuestra respuesta ante el mundo comienza en la capacidad para apropiarnos de la representación que hacemos de él. Tal vez a nuestro alrededor reine la incertidumbre, pero en nuestras manos está la valoración que vamos a darle. Las cosas están en mano ajena y en mano propia, como decía el poeta; nuestra lucidez es saber cuál el cuál. Lo propio será nuestras representaciones. El entrenamiento nos da la posibilidad de reinar allá, así sea parcialmente. Y si llegamos a tener algún dominio en ese campo, cuánto no podremos frente al sufrimiento, cuánto ganaremos para la tranquilidad. Así pensaron esos grandes moralistas romanos. Sus enseñanzas insisten en que tal fin, aunque arduo, es posible.

 

Hoy en día este fin no luce simplemente atractivo sino urgente en grado máximo. Quizá el empeño por conseguirlo responda a un desasosiego particular. La sofisticación de la mercadotecnia actual midió nuestra mente neurona a neurona e implementa una estrategia feroz para colonizarnos. No se trata de persuadirnos para comprar un producto ni para militar en cierta doctrina. Se busca desarmar los componentes de nuestra psique para luego armarlos a su propia conveniencia. De esa manera se introduce en los estratos más profundos una respuesta en busca de cierto producto. El éxito no es la deliberación de un cliente, sino el comportamiento de un adicto. Tengo la sospecha de que son legión quienes son conscientes de esta realidad, de estas campañas de diferentes frentes que persiguen, a plena luz del día y con la complicidad del gobierno, que seamos una sumatoria de adicciones, la tierra colonizada de unas empresas que hunden un resorte y ven a su criatura saltar. Nada produce más ansiedad que reconocer que el control que suponemos en nuestras manos ahora no lo está. ¿Qué buscan entonces estos lectores que releen Marco Aurelio? Frenar esta sensación de sentirse ajenos. Recuperar esas respuestas. Y disminuir en ese camino la ansiedad.  

 

El problema es que la sabiduría del pasado fue forjada para determinado contexto, donde la plaza de mercado quedaba lejos y las tentaciones no vestían su mejor indumentaria. Hoy la plaza está en la punta de los dedos, trabaja sin descanso, involucra cada uno de nuestros sentidos, nos ha calibrado de la manera más minuciosa y vive pegada a nuestro pantalón. Más adelante llegará sin intermediarios, pero por ahora su populoso ejército son las notificaciones, las redes sociales, el imperio de los “Me gusta”, los ingredientes de los alimentos, la intensidad de las propagandas, las sustancias adictivas, los mensajes al inconsciente, la combinación de los colores, el tiempo de la atención, todo abre al corredor secreto de nuestros impulsos, donde la manipulación configura fines de terceros.

 

Los métodos de la seducción en el pasado eran simplemente inexistentes o primitivos. Hoy están a la vanguardia de los estudios más recientes en persuasión neurológica y, en cuestiones de diseño, están cerca de la omnipotencia. Buscar la tranquilidad en el siglo IV A.C era una cosa, harto difícil es verdad; otra muy distinta es buscarla en medio de una sociedad globalizada en pleno imperio del consumismo. Perseguir el bien supremo en el siglo II D.C era de por sí una tarea muy ardua; resulta otra para un adolescente incapaz de separarse de la misma herramienta que lo daña. Marco Aurelio padeció las invasiones bárbaras y la intemperancia de su hijo, pero qué hubiera ocurrido si en la mitad de esos combates hubiera enfrentado además los memes de las bodegas virtuales, el deleite culpable de las compras en línea, la maravillosa combinación del azúcar y la grasa, la inviabilidad pensional del imperio y los efectos secundarios de la pastilla para el insomnio. No se forma un dique capaz de contener cualquier tentación, resulta preciso analizar caso por caso y hoy, a nuestras puertas, tocan millones de tentaciones más. Lo que un verdugo no puede, quizá un chef de repostería sí.

 

El estoicismo se forjó en la fragua de la guerra y ha sido la filosofía de los guerreros durante milenios. Precisa un entrenamiento y un sacrificio permanente, más allá de las discusiones intelectuales. Desde muy temprano supo que el desarraigo de sí amenaza con instaurar la sumisión y la parálisis. Hoy en día esas viejas herramientas están frente a un enemigo de unas proporciones desmesuradas y con los talentos de inocular dependencias y administrar a su antojo la llama del placer. Cuando Epicteto luchó la amenaza mostraba determinado perfil y cierta proporción, lidiar con ella fue la tarea y el sacrificio de toda una vida. Hoy, ¿servirá acaso esa vieja espada?

 

 

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