La sobreinterpretación, un pecado snob

 

En la esquina de la sala el profesor de arte se detiene ante un simple extintor. Mira con detenimiento. Recuerda la biografía del artista, los comentarios en la bienal sobre su más reciente producción, los catálogos, los precursores, las influencias, las afinidades. ¿Qué tenemos entonces en esta pieza? Dos de sus dedos se detienen en su barbilla, declara: se trata del incendio que consume el medio ambiente y el frenesí mercantilista que nubla nuestra sensibilidad. Esta pieza, continúa, está hecha de significantes paralelos y, claro, concomitantes. El realismo resulta estremecedor. No hay tarjetas, tampoco títulos. Es claro que el artista combate contra el prejuicio de rotular el mundo. El realismo es increíble: ¡parece un extintor normal! ¡Esto es pura provocación!

Podríamos repetir el ejercicio con una copa de vino, un texto filosófico o una obra de teatro. El crítico mira estas expresiones y no resiste la tentación de enviar la tropa de referencias y elucubraciones y elaborar un discurso como si experimentara una revelación. Analizará “El Señor de los Anillos” bajo la lucha de clases de Marx. Tomará frase por frase de Poe y las descuartizará buscando un mensaje más hondo. Preferirá la etimología y la historia y, dado el caso, llegará dos semanas antes del diluvio para encontrar las raíces de una canción. No falta quien revolviendo el vino en los cachetes adivine las herejías que se discutían en los viñedos, los conflictos geopolíticos que alteraron la roma antigua y concluya que esta variedad de vino fue la piedra angular de la civilización. La crítica más snobista despliega los homenajes más insospechados al arte. No tanto para aprender más de él, sino para lucir ellos mejor.

Así como el crítico del vino disfraza la simpleza con un torrente de referencias, también en los círculos académicos y especializados encontramos esta inclinación a sobredimensionar fenómenos cotidianos. En un entorno de especialistas y doctores existe una resistencia ante la simpleza de un fenómeno. Necesitamos el meteorólogo y sus satélites para que nos expliquen los charcos. Necesitamos al mayor experto en geopolítica para comentar las argucias de un estafador de carros. El imperativo de promover las noticias ha llevado a valorar decenas de perspectivas sobre un evento que quizá no ofrece mucha materia para analizar. La vieja historia de “El traje nuevo del emperador” parece haberlo dicho todo:  cuántas veces el empeño por la complejidad no termina negando la simple desnudez.

No hay duda de que existen fenómenos altamente complejos, pero creo que no sería arriesgado decir que la mirada snobista termina por embriagarse tanto en su análisis que desnaturaliza lo que ve. El café deja de ser café para descomponerse en el conflicto armado en Centroamérica donde las integraciones postmodernas trasforman un producto a partir de la supeditación inconclusa de la multilateralidad. La literatura deja de ser literatura y se torna la expresión de la típica neurosis de una modernidad ambigua por los desaciertos del tratado de Westphalia. Lo mismo sucede en la política, donde los estudiosos confunden cualquier desencuentro entre gobernadores como la inevitable vibración de un tinglado de interdependencias que descansa en un ejercicio de poder sistémico que funciona por pura discontinuidad. Este escolasticismo, los llamo así porque los escolásticos son la plantilla de este ejercicio, sería solo una excentricidad, pero daña. Su perjuicio enturbia las aguas cuando resulta necesario entender. La lucidez y la honestidad del crítico es la mesura y el sentido de oportunidad en su interpretación. Los grandes críticos han obrado así. Sus palabras nos acercan más a la obra sin lanzarnos a una vorágine de referencias y notas al pie de página cuyo sentido y fin se degrada. En suma: la crítica enseña a ver. Su virtud no es imponer la complejidad a cualquier fenómeno, sino decirnos dónde y cómo se justifica separarnos de la sencillez.

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