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¿Cuál es la seducción de la guerra?
Cuando cayó el telón de la Segunda Guerra Mundial el pensamiento quedó con una tarea abrumadora, quizá imposible. A medida que el humo de las explosiones se disipaba era preciso pensar con cuidado qué había ocurrido. La magnitud de la devastación resultó insoportable. Los campos de exterminio mostraron una maldad mayor que cualquier pesadilla. En menos de una fracción de segundo miles de personas en Hiroshima y Nagasaki fueron convertidas en sombras. La tarea de comprender produjo asfixia. Además, faltaba responder preguntas cuya sola mención producía desconcierto, temor: ¿Cómo fue que la marcha del progreso nos dejó en el otoño de 1939? ¿Cómo hacer filosofía después de Auschwitz?
La velocidad creciente de la historia continuó. El afán de restaurar Europa e impulsar una geopolítica que lidiara con estos conflictos creó un nuevo tablero. Cualquiera podría pensar que la disposición más pragmática sería la de fortalecer las nuevas instituciones internacionales y seguir adelante con la firme promesa de intervenir ante la menor trasgresión. El problema, y el problema fundamental aquí, consiste en que si no comprendemos se corre el riesgo de que las fuerzas del pasado animen amenazas parecidas o peores. Se cumplen ochenta años del fin del conflicto. Demos un vistazo a esas décadas.
Cualquiera podría imaginar que después de atravesar el valle de sangre y sufrimiento que fue la Segunda Guerra Mundial habría un rechazo contundente e inequívoco a los conflictos militares. No ocurrió. La artillería retomó su tarea, tal vez no con el mismo despliegue, pero sí con algún entusiasmo. La magnitud de la destrucción nuclear en Japón tendría que haber cerrado por completo el experimento con estas armas. Tampoco ocurrió. Cinco años después los norteamericanos estuvieron a punto de atacar con una ronda de armas nucleares a Corea del Norte en 1950, pero se abstuvieron. Este no fue el único episodio, el más famoso fue el conflicto de los misiles en Cuba en 1962 donde la tensión llegó al punto máximo: en un submarino nuclear soviético, incomunicado con Moscú, faltó la voluntad de un oficial para lanzar los torpedos. La carrera armamentística siguió su marcha y alcanzó un arsenal de 70.000 ojivas nucleares a finales de la Guerra Fría. Después de la caída del muro el desarme fue una política protagonista entre las potencias: el arsenal global tan solo disminuyó, hoy todavía supera las 13.000 ojivas. ¿Y los campos de concentración? Después del Holocausto hubo variaciones en diferentes momentos y latitudes: la URSS profundizó en este terror, a los Gulag no solo entraron disidentes políticos, también llegaron incluso veteranos de guerra. Después de la caída del muro de Berlín, la Serbia de Milosevic abrió campos de concentración y puso en marcha una guerra de exterminio en Bosnia. Según las investigaciones de la ONU, desde 2017 en China la comunidad uigur ha sido víctima de un internamiento sistemático.
La conclusión es clara: pareciera que no hay destrucción suficiente que nos haga desistir del ejercicio permanente de la destrucción. Tal vez reflexionar con serenidad sobre esta conclusión sea una de las claves para pensar en la humanidad después de Auschwitz. ¿Qué somos? Ya tenemos un fragmento mínimo, pero cierto, de esa respuesta.