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Si Van Gogh hubiera sido IA
Imaginemos el siguiente escenario. Pensemos en Vincent van Gogh. Tomemos la totalidad de su correspondencia, el puñado de retratos fotográficos, los miles de bocetos y dibujos, los más de novecientos cuadros de su autoría, seamos ambiciosos e incluyamos aquellos que la crítica no decide aún si le pertenecen y no dejemos a un lado los que están extraviados y tenemos una somera descripción. Imaginemos que todo fue una creación de la IA.
Fue una creación de la IA la biografía del pastor incomprendido que se dedicó luego a marchante y terminó como pintor fracasado. También lo fueron las relaciones con las prostitutas, con Gauguin y con su hermano y su cuñada. La IA creó las dos noches estrelladas, el autorretrato con el vendaje en la oreja, la imagen del esqueleto sobre un fondo negro, las imitaciones japonesas, el retrato de un poeta, todo. Nada del catálogo que conocemos se ha cambiado. Nada de lo que conocemos sobre su vida. Excepto, claro, que Vincent Van Gogh existió.
Antes de que apareciera en el escenario la IA no eran pocos los críticos e historiadores del arte que consideraban absurdo la sola idea de que una máquina pudiera crear arte. La creatividad, decían (y quizá dicen todavía), es la marca de la naturaleza humana en general y el sello inconfundible del artista. Se necesita mirar, escuchar, tocar. Se necesita recordar, pensar, olvidar. Resulta preciso encarnar una vida, habitar un cuerpo, ser la convergencia donde un mundo cobra la forma. Pronto llegaron entonces los golpes. Para muchos era una curiosidad el parecido entre la Sagrada Familia de Gaudí y varios termitarios, para otros era divertido el experimento de mostrar ante un curador los lienzos de un elefante. Sí, la naturaleza mostraba artistas distintos del homo sapiens sapiens. Pero, en algún instante del siglo pasado, fueron los museos los que mostraron piezas que numerosos espectadores negaban que fuera arte. La profunda controversia sobre este concepto escribió su capítulo más crítico. Me encantaría decir que la filosofía entró para disipar la confusión, pero ocurrió lo contrario. ¿Era arte las piezas de Jackson Pollock? ¿No podía serlo también las huellas de un mapache sobre el lienzo?
Para que Van Gogh fuera Van Gogh se precisó de un concurso de causas extraordinario, se necesitó el ascenso del impresionismo, un fervor religioso mal comprendido, las obras literarias del realismo francés, la devoción y el cariño de un hermano, la impaciencia frenética al pie de los trigales, la consolidación de la fotografía, las plantaciones de lavanda, las mesas de billar, una casa amarilla. Existen críticos que rehúsan reducir la obra de un pintor a la interpretación de su vida, pero en cualquier caso hay un vínculo íntimo entre la manifestación plástica y las tribulaciones personales. Más allá de que se descifre la alquimia entre vida y obra, ahí está.
Y de repente llega la IA. Del más sofisticado juego que arranca de ceros y unos emerge arte, desde las imágenes más simples hasta las más sofisticadas. En nuestro ejemplo los ordenadores crean a Van Gogh. Como los críticos y la audiencia necesitan la historia de una vida, también aparece la biografía en cada uno de los detalles, los documentos, las fotografías, las huellas. ¿Qué cambiaría a fin de cuentas?
La empatía, eso. En el arte caben mil definiciones, afines, distintas, contradictorias, absurdas, racionales, huecas. Hay una en la cual estaría de acuerdo el mismo Van Gogh: el arte es comunión. Existen peregrinos rumbo a los grandes museos allá en Holanda. Encuentran su cuadro. Se detienen. Tienen la oportunidad de observar el relieve, la intensidad de los colores, los trazos más imprevistos. Y ocurre a veces un diálogo por llamarlo de una manera. A pesar de que no son pocos quienes exaltan la subjetividad del arte y del gusto, la diferencia y la diversidad, el fenómeno es uno de comunicación, una huella se reconoce como propia y ajena al mismo tiempo, ya sea en la famosa cueva de las manos en argentina o en la reserva Kroller Müller a las afueras de Ámsterdam. La obra y la biografía pueden ser idénticas y resulta admirable que una máquina pueda conseguir esa proeza, sin embargo la fuerza en su apogeo se da cuando se sabe que proviene de una persona, que el punto de partida del artista también es el punto de partida del espectador: la convergencia en lo humano.
Pero, ¿qué pasa entonces con la IA? ¿Estamos ante un cambio tan abrupto en esa dimensión? ¿Hasta dónde los artistas contemporáneos no se han preocupado por manufacturar una identidad? ¿Hasta qué punto no han controlado la narración de su biografía delante de los espectadores? ¿Se da la empatía o se la fábrica? ¿Si lo hace un equipo de marketing y un lobby porque no lo podría hacer una máquina? En una realidad donde la apariencia ocupa más territorio, la máquina tendrá todas las cartas en sus manos.