En nombre de la amistad, el Canal del Suez

Después de perforar las rocas de las montañas en los desiertos, después de remover toneladas y toneladas de arena a veces con camellos, a veces con maquinaria pesada, después de años de espera, finalmente el Canal del Suez permitió que las aguas del mar rojo y el mediterráneo entraran por su cauce. Atrás había quedado el recelo de los ingenieros del joven Napoleón, que unos años atrás creyeron que había un desnivel entre los mares que impedía el proyecto. Atrás había quedado la suspicacia de los ingleses, que sin embargo no dudaron en alertar a su embajador en Estambul. Finalmente, en 1869, Ferdinand Lesseps culminó su tarea. Por el canal comenzaron a desfilar las embarcaciones del globo.

El sueño había comenzado treinta años atrás cuando Lesseps oficiaba de cónsul en el Cairo. Pero no solo fue suyo. Pensadores de corte saintsimoniano creyeron que semejante proeza daría la clave para la modernidad. Otros tenían una visión menos fundada, perseguían, sin embargo, el mismo propósito: disminuir el trayecto entre Europa y la India en más de diez mil kilómetros. El obstáculo era claro. El virrey de Egipto no estaba dispuesto a escuchar imposibles. Ya retirado en Francia, creyendo que sus mejores días habían quedado atrás, Lesseps un día abrió la prensa: había un nuevo virrey. Para muchos era la continuación de la misma política de sus antecesores, para Lesseps era un recuerdo. La memoria de sus años en el consulado, donde un niño de once años se cruzó en su camino y entre los dos escribieron la historia de la amistad más sencilla. El joven príncipe, Muhammad Said Pasha, estaba sometido a un régimen por parte de su padre, que lo encontraba gordo y perezoso; su amigo europeo fue su ayuda durante años. Ahora el tiempo había pasado. Said se había convertido en virrey. Y recibió una carta de Ferdinand Lesseps, su mentor, su amigo. ¿Habría alguna posibilidad de una audiencia? ¿Habría esta vez una disposición distinta frente al proyecto que parecía un ensueño? Cuando Lesseps viajó al Cairo fue recibido con honores. Cuando le contó a Said escuchó la respuesta: sí. Egipto entregaría las tierras, ayudaría con la mano de obra, era fundamental contar con más apoyo económico, hablar con el mismo Sultán, pero Said haría todo a su alcance. Y así lo hizo hasta el momento de su muerte, en 1863. En el mediterráneo encontramos el puerto que lleva su nombre.

 

Crédito de la imagen: Kristopher Wilson

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