Los nuevos problemas de la libertad

Quizá todo cambie, pero la naturaleza humana permanecerá tal cual, más allá de las transformaciones tecnológicas, más allá de las circunstancias sociales, al menos así reza la sabiduría proverbial de diferentes latitudes y épocas. Sin embargo, el territorio que ha descubierto estos últimos años la tecnología nos ayuda a entender que, aunque la naturaleza humana es constante, jamás había sido analizada con semejante detalle. Ahora bien, aparte de las consignas románticas, ¿qué quedará en este escenario de la libertad?

Dostoyevski escribió sobre la profunda ingenuidad que escondía la fe en el progreso y la tecnología, la imagen que empleó en sus Apuntes del subsuelo fue la del Palacio de Cristal de la feria universal que se llevó a cabo en Londres, bajo el reinado de Victoria y su príncipe consorte, Alberto, en el año de 1851. La primera revolución industrial propició una serie de transformaciones en el plano laboral que estaban reflejándose también en la misma estructura de la sociedad, incluso en las mismas aspiraciones políticas. ¿Era la fe en el progreso suficiente para remediar la cuestión humana? ¿Nos pueden reducir a una errática calculadora que estima el dolor y el placer? Dostoyevski urdió su obra en contra de esta idea. La corriente filosófica impulsada por Bentham, el utilitarismo, fue uno de sus blancos predilectos. El ser humano no cabe reducirse así. De hecho, ante semejante reducción, se rebelará.

Décadas después George Orwell escribió contra una de las ingenuidades por excelencia que varios pensadores cometían cuando pensaban sobre la tecnología. Se piensa que la misma ciencia y la tecnología caminan llenando espacios, respondiendo preguntas que los asaltan aquí y allá, construyendo teorías que buscan responder las cuestiones centrales sobre las circunstancias humanas y sobre la naturaleza de la realidad. Orwell recuerda que estos proyectos no son tan nobles como lucen a primera vista, que buscan un propósito particular distinto del mismo saber, buscan, y esto no es una sorpresa para nadie, ayudar a sus patrocinadores, que cuentan con una claridad meridiana sobre qué persigue su inversión.

El volumen de información que estamos manejando, la cantidad de datos que extraen las diferentes compañías, hace posible que hoy como nunca la capacidad del progreso haya alcanzado cimas verdaderamente sorprendentes. Cuando Ada Lovelace y Charles Babbage pensaron a comienzos del XIX en cómo traducir cualquiera información en términos matemáticos para que una máquina la computara, brindaban tan solo el primer eslabón de nuestro mundo. La tendencia que crece día a día consiste en que cada una de las huellas de nuestro comportamiento nutre un volumen de datos abrumador, donde se convierte en un elemento más para ser analizada junto con las huellas de millones y millones de comportamientos más. Como el enemigo de Superman, Brainiac, hoy hemos creado una suerte de sistema que se alimenta de manera insaciable de más y más información, de más y más “bits”, no importa sobre qué: si es el cursor pasando por las fotografías de un perro, si es el cursor dando un “like”, si es el pan que usted compró en la esquina, todo. La tendencia se recrudece a diario y con el IoT (Internet de las cosas) dará pasos todavía más profundos. La nevera, el televisor, el baño, la silla, el ascensor, la ropa, se sumarán a la lista de delatores; todos hablarán, por supuesto, de usted.

A pesar de lo que digan algunos filósofos, a pesar de las consignas románticas, no conocemos simplemente por conocer. Nuestro conocimiento está impulsando por un ánimo de corte utilitarista, por aumentar nuestra capacidad de predecir. Las viejas novelas distópicas como Nosotros de Zamyatin o 1984 de Orwell, hablaban de una suerte de vigilancia constante y absoluta, ya fuera con paredes transparentes, ya fuera con monitores y cámaras. Hoy se camina no solo con el fin de aumentar la vigilancia, sino con el propósito de predecir y motivar un comportamiento con mayor exactitud. La publicidad y la psicología, este matrimonio tan particular, ya comprendieron a la perfección los circuitos de recompensa del ser humano. Y ahora con la nueva tecnología unen sus esfuerzos por ser más exquisitos en su predicción: saber qué venderle, cuándo venderle y a quién venderle, ya sea ese candidato presidencial, esa crema para las arrugas, ese viaje fantástico, ese autor tan popular, ese colorete, ese pisa papel, todo. La precisión que alcanzan crece a diario. Es verdad, somos los mismos cazadores y recolectores que tuvieron por vecino a los neandertales, sin embargo hoy algunos tienen a su disposición la mayor comprensión estadística del comportamiento humano.

¿Qué queda entonces de la libertad? No son pocas las personas que se han dado cuenta de esta situación. Resulta claro que existe una ventaja con los algoritmos, que la comprensión estadística de la condición humana será una pieza crucial en la medicina del futuro, que la satisfacción y la búsqueda de los clientes ya no entra en un laberinto imposible sino en un camino con poca fricción. Este es un movimiento en el tablero. El otro movimiento es la manipulación, el hackeo constante y exquisito sobre nuestros circuitos de recompensa. Como lo argumentó Dostoyevski la rebelión frente al reduccionismo de este tipo siempre estará a la vuelta de la esquina. La tensión del sistema en realidad es simple, jugar el clásico juego de la apariencia de la libertad, esconder los hilos que amarran al títere con el propósito de que la persona crea que está escogiendo, crea que está tomando determinado camino, cuando su comportamiento quedó sentenciado con una serie de estímulos que el sistema administró delicadamente. Existe, sin embargo, otra consideración. Y esta la extraigo de una fuente un poco particular, los Simpsons.

Aún no hemos materializado al endiablado enemigo de Superman, Brainiac, que además de reducir una ciudad kriptoniana al interior de una botella, cuenta con el insaciable apetito de digerir gigabyte por microsegundo. Existe ese sistema y la tendencia es clara, pero no está en manos de una sola voluntad. Somos actualmente el escenario donde se disputan varias marcas, varias tendencias, somos ese cliente por el cual se libra un pulso entre la librería digital y la librería de la esquina, estamos a merced de cuál es la jugada que más resonará con nuestra idiosincrasia. Después de ser examinado hasta el cansancio por los médicos, el Señor Burns (Temporada 11, episodio 12) escuchó con cierta impaciencia el diagnóstico. Burns era la persona más enferma del país, sufría incluso diabetes juvenil y embarazo psicológico, sin embargo su caso reflejaba una rara condición: “el síndrome de los tres chiflados”, donde todas las enfermedades se precipitan a la puerta del cuerpo atascándose entre sí. De pronto así sea la problemática de hoy sobre la libertad, no que no seamos manipulados, sino que entre las mismas manipulaciones se atasquen entre sí y permitan que la persona vea la pelea por su propio albedrio. El Sr Burns concluye: “¡Soy indestructible!” El médico replica que no, que incluso la brisa más ligera… pero Burns no hace caso y se va.

De pronto la disputa por manipularnos sea tan atroz entre los grandes poderes que termine por descubrir los hilos con los cuales nos quieren amarrar, de pronto se atascan entre sí y esto sirva para ser el último reducto de la libertad o la piedra de toque de una eventual rebelión.

Un comentario

  1. Que tan verdaderamente libres somos? Estamos atados a convenciones sociales, materiales, genéticas y ahora también a algoritmos de redes sociales. Sin embargo en contra de lo que expresa Sherlock Holmes en la última versión de la BBC no creo que sí tuviéramos todos los datos podríamos deducir cualquier evento antes de que sucediera.
    El azar siempre está presente y nadie controla todas las variantes. Querías comprarte unos tennis nuevos, pero te rompes un diente, adiós tennis nuevos, tus viejos zapatos te llevarán corriendo al odontólogo, no importa que publicidad veas de los tennis, el dolor hablará más fuerte.
    La manipulación siempre ha existido, ahora se está volviendo más sofisticada, pero a la larga somos demaciado complejos para ser controlados completamente, y esa mezcla de complejidad y azar nos da un margen de libertad…por chiquito que sea.

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