El sueño atómico de los griegos II

 

Sobre la vida de Lucrecio todo está sujeto a conjetura. Nació en el 95 A.C aproximadamente y murió alrededor del 55 A.C. Cuatrocientos años después San Jerónimo insertó una nota donde explicó el origen noble del poeta, la desventura amorosa y su fatal suicidio. Ninguna otra fuente confirma o desmiente al santo, este recelo resulta importante, más aún cuando Lucrecio argumentó contra la idea de una providencia y la de un dios o dioses preocupados por el curso de humanidad. Su ferocidad contra la religión es lo único incontrovertible.

 

Pensemos en esos asombrosos documentales sobre astronomía donde nos explican el big bang, el surgimiento de los elementos, la aparición de la tierra y, dentro de la tierra, la vida. Sería una exageración decir que “De la naturaleza de las cosas” es así, pero casi. El mismo Albert Einstein escribió un prólogo al poema. Mientras Virgilio y Horacio celebraron en sus versos las hazañas de los héroes y la presencia divina, Lucrecio nos lleva a una sofisticada argumentación filosófica sobre la infinitud del universo, el movimiento de los átomos y la existencia del vacío. Elaboró una refutación a varios presocráticos y abrió paso para hablarnos del conocimiento humano, de los espejismos de nuestro entendimiento, del sueño, de la vida, del relámpago, de la aparición de la sociedad. La aventura no es la creación de la nada, sino la eterna transformación atómica. El sueño del maestro de Demócrito, Leucipio, continuó.

 

La argumentación que propone Lucrecio complementa a Epicuro. Su filosofía necesita la infinitud del universo, resulta imposible a su parecer concebirlo con un límite: un arquero imaginario que disparase una flecha en el límite confirmaría que un término es impensable: si se clava, se clava sobre algo y ese algo precisa un más allá. Entonces, el teatro es infinito. El personaje secundario es el vacío, que fue un tema controvertido para Aristóteles y sus continuadores. El principal, los átomos. La combinación entre el uno y el otro explica la dureza del diamante y la falta de cuerpo del vapor. Del átomo sabemos por necesidad, pero también por su incesante movimiento, el mismo que compone la diversidad extraordinaria del universo, el mismo que se da en el simple desgaste de una sortija. Sabemos del átomo por las partículas que permite ver el sol, por los movimientos y las transformaciones que se dan en un escenario inerte. Si no existiera una partícula fundamental, los tantos choques pulverizarían al universo y, con más choques, terminarían disolviéndose. La materia se transforma. El incesante teatro atómico hará que el calidoscopio sea permanente.

 

 

En vano algunos necios imaginan

que sin la ciencia y numen de los dioses,

tantos efectos producir no puede

la materia arreglados y precisos,

ni las vicisitudes de estaciones

y los varios productos de la tierra:

ni el suave impulso del amor que mueve

por medio del deleite a los mortales,

ni el divino placer que da la vida

y a propagar les lleva las especies

porque el género humano no se extinga.

fingen ellos ser obra de los dioses

y producción divina todo esto:

Muy engañados van en su sistema.

 

De la naturaleza de las cosas. Libro II

(Traducción Abate Marchena)

 

Para Lucrecio el átomo era la unidad indivisible e inmortal. Su obra duró oculta la edad media. Durante el renacimiento halló otros lectores y apologistas. Su carácter precursor es incontrovertible, se advierte incluso una sospecha sobre la evolución en sus páginas. Carecía aún de algo fundamental: una prueba sólida.

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4 respuestas

  1. FERNANDO QUE MARAVILLA VOLVER A LEER Y SABORIAR ESTAS TEORIAS QUE ME ASOMBRARON EN MIS PRIMEROS AÑOS DE FILOSOFIA UN ABRAZO Y GRACIAS

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