El sueño atómico de los griegos III
Dante llamó a Aristóteles el maestro de los que saben. Durante la edad media su palabra fue incontrovertible. Los escolásticos unieron su filosofía a la revelación bíblica y produjeron una visión del mundo donde cada causa y finalidad apuntaban a un orden majestuoso. El método científico se abrió paso durante el renacimiento y el largo reinado de Aristóteles entró en el ocaso. Trycho Brahe (1546-1601) lo dejó aturdido cuando reconoció un cambio en el firmamento, donde el gran sabio había dicho que era imposible que lo hubiera. Y con sus experimentos, Galileo (1564-1642) le propinó la estocada final.
La obra de Lucrecio apareció de nuevo en esta época y las consabidas preguntas recibieron diferentes respuestas. El francés Pierre Gasendi (1592-1655) se opuso a la teología desde dos frentes: suscribió las conclusiones de Galileo y defendió, especialmente, el método científico y la práctica de los experimentos. Gassendi hizo numerosos aportes a la ciencia y fue uno de los mayores defensores de la teoría atómica. En su siglo se inventaron el microscopio y el telescopio y el horizonte de la investigación adquirió una profundidad inusitada. Había más estrellas de las que Hiparco soñó. Y el mundo de lo ínfimo resultó un verdadero universo. Las herramientas de la época fueron decisivas al momento de respaldar una teoría. Sobre el átomo, sin embargo, la situación había cambiado poco.
Pero en el siglo XVIII y el XIX la química dio pasos de gigante y el inventario de los elementos que componen la diversidad de la materia se extendió. John Dalton (1766-1844), sí, el mismo que sufrió la condición que desde su época lleva su nombre, “daltonismo”, escribió en 1803 una obra que tomó en cuenta los descubrimientos más recientes de su época y propuso una teoría atómica. El viejo sueño volvió.
Pero en esta oportunidad los átomos no eran distintos por la forma, como lo fueron para los pioneros, sino por el peso. Según el peso que tuvieran los átomos eran de un elemento o de otro. Dalton se arriesgó a un sistema que pretendió un orden según esa característica. La hipótesis fue ganando adeptos, pero sus contradictores no fueron pocos. En una época donde los microscopios se fabricaron con mayor potencia, ¿dónde descansaba la prueba? Dalton no la halló. Pero en 1827 un biólogo escocés halló la clave.
No son pocos los que consideran que Lucrecio la esbozó, pero los pasajes no son claros. En 1827 Robert Brown (1773-1858), armado con su microscopio, advirtió que el polen suspendido en agua presentaba un movimiento aleatorio cuando todo estaba en reposo. La primera conclusión fue que el polen estaba vivo. Probó entonces con un compuesto artificial, de una textura parecida. El resultado fue el mismo. Había un movimiento particular que producía el movimiento que se alcanzaba a ver. ¿Qué era? Décadas después Einstein estudió matemáticamente el llamado movimiento browniano. Se dedujo la relación: la partícula de polen mide 1 micrómetro; la molécula de agua 1 nanómetro, es mil veces más pequeña. Sin embargo, el movimiento de la segunda produce el movimiento de la primera. La teoría alcanzó una evidencia. El sueño atómico de los griegos abrió paso a otra historia, en esta oportunidad de protones, electrones y neutrones, de partículas aún más pequeñas.



💜
🙂